Es es luz de la verdadera sabiduría discernir el bien del mal sin equivocarse. Cuando esto sucede, entonces el camino de la justicia conduce la mente a Dios, sol de justicia, e introduce en el deslumbramiento infinito de la ciencia a la misma mente que ya busca con gran confianza el amor. Es necesario que los que combaten procuren conservar el ánimo libre de toda perturbación interior, para que la mente, discerniendo los pensamientos que se le presentan, pueda conservar en el santuario de la memoria aquellos que son buenos y enviados por Dios, y echar fuera, en cambio, los que son malos y sugeridos por el demonio. También el mar, cuando está perfectamente en calma, permite a los pescadores una visibilidad que llega hasta el fondo, de modo que los peces no se escapan a su mirada. Pero cuando está agitado por los vientos, esconde con las olas turbias lo que en la calma muestra claramente; y así quedan infructuosos todos los recursos que usan los pescadores para capturar los peces.
Ahora bien, solo al Espíritu Santo pertenece la tarea de purificar las mentes: en efecto, si no entra ese fuerte para vencer al ladrón, no podrá serle arrebatada la presa. Por lo tanto, es necesario que nosotros, con la paz del alma, alimentemos la acción del Espíritu Santo, es decir, que mantengamos siempre encendida en nosotros la lámpara de la clarividencia, porque mientras ella resplandece en el secreto de la mente, no solo se descubren aquellos ataques insidiosos y tenebrosos de los demonios, sino que también son derrotados, pues son golpeados por esa luz santa y gloriosa.
Por esto el Apóstol recomienda: «No apaguéis al Espíritu» (1 Ts 5, 19), es decir, no entristezcáis al Espíritu Santo a causa de vuestra malicia o de los malos pensamientos, porque él no dejará de protegeros con su divino esplendor. En realidad, no es posible apagar aquella luz eterna y vivificante que es el Espíritu Santo, pero es posible que su tristeza, es decir, su asco de nosotros, lo obligue a dejar privada de la luz del conocimiento y envuelta por completo en la oscuridad a nuestra alma. El discernimiento de la mente es la perfecta sabiduría con la cual se juzgan las cosas. Cuando el organismo está sano, con el sentido del gusto sabemos distinguir lo que nos hace bien de lo que nos hace daño y buscamos lo que nos agrada.
Así es de nuestra mente, cuando está en perfecto equilibrio. Incluso en medio de mil preocupaciones, es capaz de disfrutar plenamente de la consolación divina. Más aún, puede conservar largo tiempo el recuerdo de su dulzura mediante el ejercicio de la caridad. Esta, a su vez, tiende a alcanzar bienes cada vez más altos, como dice el Apóstol: Y esto os pido: que vuestra caridad crezca cada vez más en todo conocimiento y en todo discernimiento, para que tendáis a bienes más grandes (cf. Flp 1, 9-10).
De los «Capítulos sobre la perfección espiritual» de Diádoco de Fotice, obispo
Ahora bien, solo al Espíritu Santo pertenece la tarea de purificar las mentes: en efecto, si no entra ese fuerte para vencer al ladrón, no podrá serle arrebatada la presa. Por lo tanto, es necesario que nosotros, con la paz del alma, alimentemos la acción del Espíritu Santo, es decir, que mantengamos siempre encendida en nosotros la lámpara de la clarividencia, porque mientras ella resplandece en el secreto de la mente, no solo se descubren aquellos ataques insidiosos y tenebrosos de los demonios, sino que también son derrotados, pues son golpeados por esa luz santa y gloriosa.
Por esto el Apóstol recomienda: «No apaguéis al Espíritu» (1 Ts 5, 19), es decir, no entristezcáis al Espíritu Santo a causa de vuestra malicia o de los malos pensamientos, porque él no dejará de protegeros con su divino esplendor. En realidad, no es posible apagar aquella luz eterna y vivificante que es el Espíritu Santo, pero es posible que su tristeza, es decir, su asco de nosotros, lo obligue a dejar privada de la luz del conocimiento y envuelta por completo en la oscuridad a nuestra alma. El discernimiento de la mente es la perfecta sabiduría con la cual se juzgan las cosas. Cuando el organismo está sano, con el sentido del gusto sabemos distinguir lo que nos hace bien de lo que nos hace daño y buscamos lo que nos agrada.
Así es de nuestra mente, cuando está en perfecto equilibrio. Incluso en medio de mil preocupaciones, es capaz de disfrutar plenamente de la consolación divina. Más aún, puede conservar largo tiempo el recuerdo de su dulzura mediante el ejercicio de la caridad. Esta, a su vez, tiende a alcanzar bienes cada vez más altos, como dice el Apóstol: Y esto os pido: que vuestra caridad crezca cada vez más en todo conocimiento y en todo discernimiento, para que tendáis a bienes más grandes (cf. Flp 1, 9-10).
De los «Capítulos sobre la perfección espiritual» de Diádoco de Fotice, obispo