Te lo fue dicho anteriormente que no creas solo en lo que ves, para que no digas: ¿Acaso este es aquel gran misterio que ojo no vio, ni oído oyó, ni jamás entró en el corazón del hombre? (cf. 1 Cor 2, 9). Veo las aguas que veía cada día. ¿Son estas aguas, en las que a menudo me he sumergido sin purificarme, precisamente las que deben purificarme? De esto aprende que el agua no purifica sin el Espíritu.
Es por esto que has leído que en el bautismo tres testigos son concordes (cf. 1 Jn 5, 8): el agua, la sangre y el Espíritu, porque si de ellos quitas uno solo, ya no hay sacramento del bautismo. De hecho, ¿qué es el agua sin la cruz de Cristo, si no una cosa ordinaria sin ninguna eficacia sacramental? Por otra parte, sin agua no hay misterio de regeneración, porque «si uno no nace de agua y de Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios» (Jn 3, 5). También un catecúmeno cree en la cruz del Señor Jesús, con la cual también él es marcado, pero si no ha sido bautizado en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, no puede recibir la remisión de los pecados ni siquiera alcanzar el don de la gracia espiritual.
Por lo tanto, aquel siro se sumergió en el agua siete veces bajo la Ley, pero tú has sido bautizado en el nombre de la Trinidad. Has confesado al Padre –recuerda lo que hiciste–, has confesado al Hijo, has confesado al Espíritu. Sigue el orden de las cosas. En esta fe has muerto al mundo, has resucitado a Dios y, como sepultado en aquel elemento del mundo, es decir, en el agua bautismal, has muerto al pecado, has resucitado a la vida eterna. Cree, pues, que las aguas no son ineficaces.
Así, aquel paralítico de la piscina de Betesda esperaba a un hombre. ¿Y qué hombre, sino el Señor Jesús, nacido de la Virgen María? A su venida habría operado la liberación, ya no mediante la su sombra, sino con la realidad de su presencia. Ya no de uno solo, sino de todos.
Él era, pues, de quien se esperaba la venida, él del que Dios Padre dijo a Juan Bautista: «El hombre sobre el cual veas descender y permanecer el Espíritu, ese es el que bautiza en Espíritu Santo» (Jn 1, 33). Era aquel del cual Juan dio testimonio diciendo: «He visto al Espíritu descender como paloma del cielo y posarse sobre él» (Jn 1, 32). Y aquí, ¿por qué razón descendió el Espíritu en forma de paloma, sino para que tú vieras, para que tú conocieras que también aquella paloma, que el justo Noé hizo salir del arca, era figura de esta paloma, es decir, para que reconocieras la figura del sacramento?
Y ¿por qué dudar aún después de que en el evangelio te lo proclama claramente el Padre diciendo: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me he complacido» (Mt 3, 17)?. Te lo proclama el Hijo sobre el cual el Espíritu Santo se ha manifestado en forma de paloma. Te lo proclama el Espíritu Santo que ha descendido en forma de paloma. Te lo proclama David: «El Señor trueno sobre las aguas, el Dios de la gloria hace sonar el trueno, el Señor, sobre la inmensidad de las aguas» (Sal 28, 3). La Escritura misma te atestigua que a las oraciones de Gedeón el fuego descendió del cielo (Jue 6, 17-21) y a las de Elías fue enviado el fuego que consagró el sacrificio (1 Re 18, 38).
   No fíjate en los méritos de las personas, sino en el ministerio de los sacerdotes. Que si miras a los méritos, como estimes a Elías, así también tendrás en cuenta los méritos de Pedro y de Pablo, los cuales nos han transmitido este misterio recibido del Señor Jesús. A aquellos se les mandó un fuego visible para que creyeran, mientras que en nosotros, que creemos, actúa un fuego invisible; a ellos en figura, a nosotros por proclamación. El Señor Jesús dijo: Donde están dos o tres, allí estoy yo (cf. Mt 18, 20). Creo, por lo tanto, que cuando es invocado por las oraciones de los sacerdotes, está presente. ¿Cuánto más no se dignará de conceder su presencia donde está la Iglesia,–dónde están los misterios?
   Has descendido, pues, en la fuente bautismal. Recuerda lo que respondiste: que crees en el Padre, que crees en el Hijo, que crees en el Espíritu Santo. No dijiste: Creo en un mayor, en un menor, en un último, sino que, con el compromiso de tu palabra, te obligaste a creer en el Hijo como crees en el Padre, a creer en el Espíritu Santo como crees en el Hijo, y, si una diferencia haces, es que, tratándose de la muerte en la cruz, la crees solo de Jesucristo.

Del tratado «Sobre los misterios» de San Ambrosio, obispo