Cuando llegó el martes antes de la Ascensión del Señor, Beda comenzó a respirar con más dificultad y le apareció cierta hinchazón en los pies. Sin embargo, durante todo aquel día enseñó y dictó de buen humor. Entre otras cosas dijo: «Aprended con prontitud, no sé hasta cuándo aguantaré y si el Creador me llevará pronto». A nosotros nos parecía que conocía bien su fin; y así pasó la noche despierto en acción de gracias.
Al amanecer, es decir, el miércoles, nos ordenó que escribiéramos con diligencia lo que habíamos comenzado, y así lo hicimos hasta las nueve. Desde las nueve, entonces, nos pusimos en procesión con las reliquias de los santos, como lo exigía la costumbre de aquel día. Pero uno de nosotros se quedó a su lado y le dijo: «Amadísimos maestro, falta aún un capítulo al libro que has dictado. ¿Te resulta fatigoso ser interrogado?». Y él: «No, fácil, dijo, toma tu pluma, afíla y escribe». Y aquel así lo hizo. A las tres de la tarde me dijo: «En mi pequeño baúl hay algunas cosas preciosas, es decir, pimienta, pañuelos e incienso. Corre pronto y trae a los sacerdotes de nuestro monasterio porque quiero distribuirles estos pequeños regalos que Dios me ha dado». Y en su presencia habló a todos amonestando a cada uno y suplicando que celebraran por él Misas y que oraran con insistencia, cosa que aquellos prometieron de buen grado.
Todos lloraban y derramaban lágrimas, sobre todo porque había dicho creer que no volverían a ver su rostro en este mundo por tanto tiempo.
Proveían alegría, sin embargo, porque dijo: «Es tiempo ya (si así place a mi Creador) de volver a aquel que me creó y me hizo de la nada, cuando aún no existía. He vivido mucho y el piadoso Juez ha dispuesto bien mi vida; ahora «ha llegado el momento de soltar las velas» (2 Tm 4, 6), porque deseo morir y estar con Cristo (cf. Flp 1, 23); de hecho, mi alma desea ver a Cristo, mi rey, en su esplendor». Y habiendo dicho muchas otras cosas para nuestra edificación, pasó en alegría aquel día hasta la tarde. El joven Wiberth dijo aún: «Querido maestro, aún una sentencia no ha sido transcrita». Y él: «Escribe, ahora mismo». Y después de un poco el joven dijo: «Mira, ahora la sentencia ha sido escrita». Y él entonces: «Bien, dijo, has dicho la verdad; todo ha terminado. Toma mi cabeza entre tus manos porque me gusta mucho estar sentado frente al lugar santo, en el que solía orar, para que yo también, estando sentado, pueda invocar a mi Padre».
Y así, en el suelo de su celda, cantando: «Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo», después de haber nombrado al Espíritu Santo, exhaló el último aliento, y por haber sido siempre devotísimo en las alabanzas de Dios en la tierra, emigró a las alegrías de los deseos celestiales.
De la «Carta sobre la muerte de san Beda el Venerable» de Cuthberto
Al amanecer, es decir, el miércoles, nos ordenó que escribiéramos con diligencia lo que habíamos comenzado, y así lo hicimos hasta las nueve. Desde las nueve, entonces, nos pusimos en procesión con las reliquias de los santos, como lo exigía la costumbre de aquel día. Pero uno de nosotros se quedó a su lado y le dijo: «Amadísimos maestro, falta aún un capítulo al libro que has dictado. ¿Te resulta fatigoso ser interrogado?». Y él: «No, fácil, dijo, toma tu pluma, afíla y escribe». Y aquel así lo hizo. A las tres de la tarde me dijo: «En mi pequeño baúl hay algunas cosas preciosas, es decir, pimienta, pañuelos e incienso. Corre pronto y trae a los sacerdotes de nuestro monasterio porque quiero distribuirles estos pequeños regalos que Dios me ha dado». Y en su presencia habló a todos amonestando a cada uno y suplicando que celebraran por él Misas y que oraran con insistencia, cosa que aquellos prometieron de buen grado.
Todos lloraban y derramaban lágrimas, sobre todo porque había dicho creer que no volverían a ver su rostro en este mundo por tanto tiempo.
Proveían alegría, sin embargo, porque dijo: «Es tiempo ya (si así place a mi Creador) de volver a aquel que me creó y me hizo de la nada, cuando aún no existía. He vivido mucho y el piadoso Juez ha dispuesto bien mi vida; ahora «ha llegado el momento de soltar las velas» (2 Tm 4, 6), porque deseo morir y estar con Cristo (cf. Flp 1, 23); de hecho, mi alma desea ver a Cristo, mi rey, en su esplendor». Y habiendo dicho muchas otras cosas para nuestra edificación, pasó en alegría aquel día hasta la tarde. El joven Wiberth dijo aún: «Querido maestro, aún una sentencia no ha sido transcrita». Y él: «Escribe, ahora mismo». Y después de un poco el joven dijo: «Mira, ahora la sentencia ha sido escrita». Y él entonces: «Bien, dijo, has dicho la verdad; todo ha terminado. Toma mi cabeza entre tus manos porque me gusta mucho estar sentado frente al lugar santo, en el que solía orar, para que yo también, estando sentado, pueda invocar a mi Padre».
Y así, en el suelo de su celda, cantando: «Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo», después de haber nombrado al Espíritu Santo, exhaló el último aliento, y por haber sido siempre devotísimo en las alabanzas de Dios en la tierra, emigró a las alegrías de los deseos celestiales.
De la «Carta sobre la muerte de san Beda el Venerable» de Cuthberto