La caridad no busca su propio interés

¿Qué se debe entender aquí por ley de Dios, si no la caridad, por medio de la cual siempre tenemos presente en nuestra mente cómo deben observarse en la práctica los preceptos de la vida?

De esta ley dice la voz de la Verdad: «Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros» (Jn 15, 12). De ella afirma Pablo: «El cumplimiento de la ley es el amor» (Rm 13, 10). Y de la misma dice también: «Llevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo» (Gal 6, 2). En verdad, por ley de Cristo nada se puede entender más convenientemente que la caridad, que cumplimos cuando llevamos por amor las cargas de los hermanos.

Pero esta misma ley es llamada múltiple, porque la caridad se extiende con cuidadosa solicitud a las obras de todas las virtudes.

Ella comienza ciertamente de dos preceptos, pero se dilata a innumerables otros. Muy bien Pablo enumera la complejidad de esta ley, al decir: «La caridad es paciente, es benigna la caridad; no es envidiosa la caridad, no se jacta, no se infla, no es mal educada, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor, no se alegra de la injusticia, sino que se alegra con la verdad» (1 Cor 13, 4-6).

«La caridad es paciente», porque soporta con serenidad los agravios recibidos.

«Es benigna», porque en cambio de los males ofrece bienes con amplitud.

«No es envidiosa», porque nada desea en este mundo, y por tanto no sabe envidiar los éxitos terrenales.

«No se jacta», porque no se exalta de los bienes exteriores, mientras desea ardientemente el premio de una recompensa interior.

«No es mal educada», porque dilatándose en el solo amor de Dios y del prójimo, ignora todo lo que es contrario a la rectitud.

«No es ambiciosa», porque, ocupándose intensamente de sus bienes internos, no siente en absoluto hacia el exterior el deseo de las cosas ajenas.

 «No busca lo suyo», porque todo aquello que posee de manera transitoria aquí abajo lo descuida como si fuera de otros, y no reconoce nada suyo, sino aquello que perdura con ella.

«No se irrita», porque, aunque provocada por las injusticias, no se excita a ningún movimiento de venganza, y espera mayores recompensas futuras por los grandes trabajos soportados.

«No guarda rencor», porque afianzando el alma en el amor del bien, arranca de raíz toda forma de odio y no sabe retener en el alma aquello que mancha.

«No se alegra de la injusticia», porque, anhelando únicamente al amor hacia todos, no se complace en modo alguno en la ruina de los adversarios.

«Sino que se alegra con la verdad», porque, amando a los otros como a sí misma, y viendo en ellos la rectitud, se regocija como de un provecho y progreso propio.

Compleja y polivalente es, pues, esta ley de Dios.

San Gregorio Magno, papa