El Padre es uno, el Hijo Unigénito Jesucristo es uno, el Espíritu Santo es uno

El Señor mandó bautizar en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. El catecúmeno es bautizado profesando, por tanto, la fe en el Creador, en el Unigénito, en el Don.

Uno es el Creador de todo. Uno, en efecto, es Dios Padre, de quien tienen principio todas las cosas. Uno es también el Unigénito, el Señor Nuestro Jesucristo, por medio del cual todas las cosas fueron creadas, y uno el Espíritu dado en don a todos.

Todo está ordenado según sus virtudes y méritos; una la potencia de la cual todo procede; una la prole por la cual todo ha sido hecho; uno el don de la perfecta esperanza.

No se hallará nada que falte a una perfección infinita. En el ámbito de la Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, todo es perfectísimo: la inmensidad en el eterno, la manifestación en la imagen, el gozo en el don.
Escuchemos de las palabras del mismo Señor cuál sea su tarea en nuestro respecto. Dice: «Aún tengo mucho que deciros, pero ahora no podéis llevarlo» (Jn 16, 12). Es bueno para vosotros que yo me vaya; si me voy, os enviaré al Paráclito (cf. Jn 16, 7). Aún: «Yo rogaré al Padre, y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad» (Jn 14, 16-17). «Él os guiará a toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá todo lo que oyere, y os anunciará las cosas futuras. Él me glorificará, porque tomará de lo mío» (Jn 16, 13-14).

Junto con tantas otras promesas, están estas destinadas a abrir la inteligencia de las cosas altas. En estas palabras se formulan tanto la voluntad del donador, como también la naturaleza y el modo mismo del don.

Puesto que nuestra limitación no nos permite comprender ni al Padre, ni al Hijo, el don del Espíritu Santo establece cierto contacto entre nosotros y Dios, e ilumina así nuestra fe en las dificultades relativas a la encarnación de Dios.

Se recibe, pues, para conocer. Los sentidos para el cuerpo humano serían inútiles si faltaran los requisitos para su ejercicio. Si no hay luz o no es de día, los ojos no sirven de nada; los oídos en ausencia de palabras o de sonido no pueden cumplir su tarea; las fosas nasales, si no hay emanaciones odoríferas, no sirven para nada. Y esto sucede no porque les falte la capacidad natural, sino porque su función está condicionada por elementos particulares. Del mismo modo, el alma del hombre, si no ha bebido por medio de la fe el don del Espíritu Santo, tiene sí la capacidad de entender a Dios, pero le falta la luz para conocerlo.

El don, que está en Cristo, es dado enteramente a todos. Permanece en todas partes a nuestra disposición y nos es concedido en la medida en que queramos recibirlo. Habitará en nosotros en la medida en que cada uno de nosotros quiera merecerlo.

Este don permanece con nosotros hasta el fin del mundo, es el consuelo de nuestra espera, es la prenda de la esperanza futura en la realización de sus dones, es la luz de nuestras mentes, el esplendor de nuestras almas.

San Ilario, obispo