«Voi sois linaje escogido, sacerdocio real» (1 Pt 2, 9). Este testimonio de alabanza fue dado una vez al antiguo pueblo de Dios por medio de Moisés. Ahora con razón el apóstol Pedro lo da a los paganos porque han creído en Cristo, el cual, como piedra angular, ha acogido a las gentes en aquella salvación que Israel había tenido para sí.
Llama a los cristianos «linaje escogido» por la fe, para distinguirlos de aquellos que, al rechazar la piedra viva, se han vuelto reprobados.
Luego «sacerdocio real» porque están unidos al cuerpo de aquel que es rey supremo y verdadero sacerdote, el cual, en cuanto rey, dona a los suyos el reino y, en cuanto pontífice, purifica sus pecados con el sacrificio de su sangre. Los llama «sacerdocio real» para que se recuerden de esperar un reino sin fin y de ofrecer siempre a Dios los sacrificios de una conducta sin mancha.
Son llamados también «gente santa y pueblo que Dios se ha adquirido» según lo que dice el apóstol Pablo, exponiendo el dicho del profeta: Mi justo, pues, vive de la fe; y si se desvía, no me agradará mi alma; pero nosotros, dice, no somos de aquellos que se apartan para su perdición, sino gente que permanece firme en la fe para salvar su alma (cf. Hb 10, 38). Y en los Hechos de los Apóstoles: «El Espíritu Santo os ha puesto como obispos para apacentar la Iglesia de Dios, que él se adquirió con su sangre» (Hch 20, 28).
Por tanto, nos hemos convertido en «pueblo que Dios se ha adquirido» (1 Pt 2, 9) con la sangre de nuestro Redentor, cosa que era una vez el pueblo de Israel redimido por la sangre del cordero en Egipto.
Por tanto, en el versículo siguiente, después de haber recordado místicamente la antigua historia, enseña que esta debe ser cumplida también en sentido espiritual por el nuevo pueblo de Dios diciendo: Para que anunciéis sus virtudes (cf. 1 Pt 2, 9). Como aquellos que por Moisés fueron liberados de la esclavitud egipcia entonaron un canto triunfal al Señor, después del paso del Mar Rojo y del ahogamiento del ejército del faraón, así es necesario que también nosotros, después de haber recibido la remisión de los pecados en el bautismo, demos gracias dignamente por los beneficios celestiales.
En efecto, los egipcios, que oprimían al pueblo de Dios, y que significan también «tinieblas» y «tribulación», simbolizan bien los pecados que nos persiguen, pero que han sido destruidos en el bautismo.
También la liberación de los hijos de Israel y su llegada a la tierra prometida desde antiguo, se ajusta bien al misterio de nuestra redención, por medio de la cual aspiramos a la luz de la morada celestial, bajo la iluminación y la guía de la gracia de Cristo; la luz de esta gracia la demostró también aquella nube y columna de fuego que durante todo aquel viaje los defendió de la oscuridad de la noche y, a través de un camino lleno de inenarrables peripecias, los condujo a la patria prometida definitiva.
Del «Comentario sobre la primera carta de Pedro» de san Beda el Venerable, sacerdote
Llama a los cristianos «linaje escogido» por la fe, para distinguirlos de aquellos que, al rechazar la piedra viva, se han vuelto reprobados.
Luego «sacerdocio real» porque están unidos al cuerpo de aquel que es rey supremo y verdadero sacerdote, el cual, en cuanto rey, dona a los suyos el reino y, en cuanto pontífice, purifica sus pecados con el sacrificio de su sangre. Los llama «sacerdocio real» para que se recuerden de esperar un reino sin fin y de ofrecer siempre a Dios los sacrificios de una conducta sin mancha.
Son llamados también «gente santa y pueblo que Dios se ha adquirido» según lo que dice el apóstol Pablo, exponiendo el dicho del profeta: Mi justo, pues, vive de la fe; y si se desvía, no me agradará mi alma; pero nosotros, dice, no somos de aquellos que se apartan para su perdición, sino gente que permanece firme en la fe para salvar su alma (cf. Hb 10, 38). Y en los Hechos de los Apóstoles: «El Espíritu Santo os ha puesto como obispos para apacentar la Iglesia de Dios, que él se adquirió con su sangre» (Hch 20, 28).
Por tanto, nos hemos convertido en «pueblo que Dios se ha adquirido» (1 Pt 2, 9) con la sangre de nuestro Redentor, cosa que era una vez el pueblo de Israel redimido por la sangre del cordero en Egipto.
Por tanto, en el versículo siguiente, después de haber recordado místicamente la antigua historia, enseña que esta debe ser cumplida también en sentido espiritual por el nuevo pueblo de Dios diciendo: Para que anunciéis sus virtudes (cf. 1 Pt 2, 9). Como aquellos que por Moisés fueron liberados de la esclavitud egipcia entonaron un canto triunfal al Señor, después del paso del Mar Rojo y del ahogamiento del ejército del faraón, así es necesario que también nosotros, después de haber recibido la remisión de los pecados en el bautismo, demos gracias dignamente por los beneficios celestiales.
En efecto, los egipcios, que oprimían al pueblo de Dios, y que significan también «tinieblas» y «tribulación», simbolizan bien los pecados que nos persiguen, pero que han sido destruidos en el bautismo.
También la liberación de los hijos de Israel y su llegada a la tierra prometida desde antiguo, se ajusta bien al misterio de nuestra redención, por medio de la cual aspiramos a la luz de la morada celestial, bajo la iluminación y la guía de la gracia de Cristo; la luz de esta gracia la demostró también aquella nube y columna de fuego que durante todo aquel viaje los defendió de la oscuridad de la noche y, a través de un camino lleno de inenarrables peripecias, los condujo a la patria prometida definitiva.
Del «Comentario sobre la primera carta de Pedro» de san Beda el Venerable, sacerdote