La lámpada puesta sobre el candelabro es la luz del Padre, la verdadera, que ilumina a todo hombre que viene al mundo (cf. Jn 1, 9). Es el Señor nuestro Jesucristo que, tomando de nosotros nuestra carne, se hizo y fue llamado lámpada, es decir, sabiduría y palabra connatural del Padre. Es esta lámpada que la Iglesia de Dios muestra con fe y amor en la predicación, y que se mantiene en alto y resplandece ante los ojos de los pueblos en la vida santa de los fieles y en su conducta inspirada en los mandamientos. Ella da luz a todos los de la casa, es decir, a todos los hombres de este mundo, y por eso la misma divina palabra dice: «No se enciende una lámpara para ponerla debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que dé luz a todos los que están en la casa» (Mt 5, 15). El Verbo se llama a sí mismo lámpara en cuanto, siendo Dios por naturaleza, se hizo hombre para dispensar su luz.
Y también el gran David comprendió todo esto, yo creo, cuando llamó al Señor lámpara diciendo: «Lámpada es tu palabra para mis pasos, luz para mi camino» (Sal 118, 105). En efecto, mi Salvador y mi Dios sabe disipar las tinieblas de la ignorancia y del vicio, y también por esto la Escritura lo llamó lámpara.
Él con su poder y sabiduría ha disipado, como hace el sol, toda niebla de ignorancia y de vicio, y guía a los que caminan con él por el camino de la justicia y de los mandamientos divinos.
Llamó candelero a la santa Iglesia, porque en ella resplandece la palabra de Dios mediante la predicación, y así, con los resplandores de la verdad, ilumina a cuantos se encuentran en este mundo como en una casa, enriqueciendo las inteligencias con el conocimiento de Dios.
Esta palabra anunciada por la Iglesia exige ser puesta en la cima del candelero, es decir, en el ápice del honor y del empeño de los que la Iglesia es capaz. En efecto, mientras la palabra está oculta por la letra de la ley como por un celemín, deja a todos privados de la luz eterna. Ella no puede transmitir la visión espiritual a quien no se esfuerce por quitar el velo del sentido material que engaña y puede incluso desviar hacia el error y la falsedad. En cambio, debe ser puesta sobre el candelero de la Iglesia. Esto significa que la palabra revelada debe ser entendida en el sentido interior y espiritual, explicado por la propia Iglesia. Solo así podrá iluminar verdaderamente a todo hombre que se encuentra en el mundo. Si en efecto la Escritura no se entiende espiritualmente, muestra solo un significado superficial y parcial y no puede hacer llegar al corazón toda su rica sustancia. Guárdémonos, pues, de poner bajo el celemín la lámpara, que encendemos con la contemplación y la práctica coherente de la palabra, es decir, no mortifiquemos aquella su energía poderosa que da luz y conocimiento. No reduzcamos culpablemente la indescriptible vitalidad de la sabiduría a causa de la letra; sino que pongamos la lámpara sobre el candelero, es decir, sobre la santa Iglesia, de modo que desde la alta cima de una interpretación auténtica y exacta, muestre a todos el esplendor de las verdades divinas.
De las «Respuestas a Talasio» de san Máximo el Confesor, abad
Y también el gran David comprendió todo esto, yo creo, cuando llamó al Señor lámpara diciendo: «Lámpada es tu palabra para mis pasos, luz para mi camino» (Sal 118, 105). En efecto, mi Salvador y mi Dios sabe disipar las tinieblas de la ignorancia y del vicio, y también por esto la Escritura lo llamó lámpara.
Él con su poder y sabiduría ha disipado, como hace el sol, toda niebla de ignorancia y de vicio, y guía a los que caminan con él por el camino de la justicia y de los mandamientos divinos.
Llamó candelero a la santa Iglesia, porque en ella resplandece la palabra de Dios mediante la predicación, y así, con los resplandores de la verdad, ilumina a cuantos se encuentran en este mundo como en una casa, enriqueciendo las inteligencias con el conocimiento de Dios.
Esta palabra anunciada por la Iglesia exige ser puesta en la cima del candelero, es decir, en el ápice del honor y del empeño de los que la Iglesia es capaz. En efecto, mientras la palabra está oculta por la letra de la ley como por un celemín, deja a todos privados de la luz eterna. Ella no puede transmitir la visión espiritual a quien no se esfuerce por quitar el velo del sentido material que engaña y puede incluso desviar hacia el error y la falsedad. En cambio, debe ser puesta sobre el candelero de la Iglesia. Esto significa que la palabra revelada debe ser entendida en el sentido interior y espiritual, explicado por la propia Iglesia. Solo así podrá iluminar verdaderamente a todo hombre que se encuentra en el mundo. Si en efecto la Escritura no se entiende espiritualmente, muestra solo un significado superficial y parcial y no puede hacer llegar al corazón toda su rica sustancia. Guárdémonos, pues, de poner bajo el celemín la lámpara, que encendemos con la contemplación y la práctica coherente de la palabra, es decir, no mortifiquemos aquella su energía poderosa que da luz y conocimiento. No reduzcamos culpablemente la indescriptible vitalidad de la sabiduría a causa de la letra; sino que pongamos la lámpara sobre el candelero, es decir, sobre la santa Iglesia, de modo que desde la alta cima de una interpretación auténtica y exacta, muestre a todos el esplendor de las verdades divinas.
De las «Respuestas a Talasio» de san Máximo el Confesor, abad