Siempre, hermanos carísimos, la tierra está llena de la gracia del Señor (cf. Sal 33, 5) y la misma naturaleza, que nos rodea, enseña a cada fiel a honrar a Dios. En efecto, el cielo y la tierra, el mar y cuanto se encuentra en ellos proclaman la bondad y la omnipotencia de su Creador. ¿Y acaso la maravillosa belleza de los elementos, puestos a nuestro servicio, no nos exige a nosotros, criaturas inteligentes, un debido agradecimiento?
Ma ahora se nos pide una renovación completa del espíritu: son los días de los misterios de la redención humana y que preceden más de cerca las fiestas pascuales.
Es característica, en efecto, de la fiesta de Pascua, que toda la Iglesia goce y se regocije por el perdón de los pecados: perdón que no se concede solo a los neófitos, sino también a aquellos que ya desde hace mucho tiempo son contados entre los hijos adoptivos.
Cierto es que en el lavacro de la regeneración nacen los hombres nuevos, pero todos tienen el deber de la renovación diaria: es necesario liberarse de las incrustaciones propias de nuestra condición mortal. Y puesto que en el camino de la perfección no hay nadie que no deba mejorar, todos nosotros, sin excepción, debemos esforzarnos para que nadie en el día de la redención se encuentre aún enredado en los vicios del hombre viejo.
Lo que cada cristiano está obligado a hacer en todo tiempo, debe ahora practicarlo con mayor solicitud y devoción, para que se cumpla la norma apostólica del ayuno cuaresmal, consistente en la abstinencia no solo de los alimentos, sino también y sobre todo de los pecados.
A estos debidos y santos ayunos, luego, ninguna obra se puede asociar más útilmente que la limosna, la cual bajo el único nombre de «misericordia» abraza muchas obras buenas. En esto los fieles pueden encontrarse iguales, a pesar de las desigualdades de los bienes.
El amor que debemos igualmente a Dios y al hombre nunca está impedido al punto de quitarnos la posibilidad del bien.
Los ángeles cantaron: «Gloria a Dios en el cielo muy alto y paz en la tierra a los hombres que él ama» (Lc 2, 14). De ello se sigue que se hace feliz, y en la benevolencia y en la paz, quien participa de las sufrimientos de los otros, de cualquier género que sean.
Inmenso es el campo de las obras de misericordia. No solo los ricos y los acaudalados pueden beneficiar a los otros con la limosna, sino también aquellos de condición modesta o pobre. Así desiguales en los bienes de fortuna, todos pueden ser iguales en los sentimientos de piedad del alma.

De los «Discursos» de san León Magno, papa