Como habéis oído en la lectura anterior, en la que el Apóstol decía: «Alegraos en el Señor siempre» (Flp 4, 4), la caridad de Dios, hermanos carísimos, nos llama, por la salvación de nuestras almas, a las alegrías de la bienaventuranza eterna. Las alegrías del mundo van hacia la tristeza sin fin. En cambio, las alegrías conformes a la voluntad del Señor llevan a las alegrías duraderas e inmutables a quienes las cultivan asiduamente. Por eso el Apóstol dice: «Os lo repito: alegraos» (Flp 4, 4).

Él exhorta a aumentar cada vez más nuestra alegría en Dios mediante la observancia de sus mandamientos, porque cuanto más hayamos luchado en este mundo por obedecer a los preceptos del Señor, tanto más seremos bienaventurados en la vida futura, y tanto mayor gloria nos ganaremos a los ojos de Dios.
«Vuestra amabilidad sea conocida de todos los hombres» (Flp 4, 5); es decir, vuestra conducta santa sea manifiesta no solamente a los ojos de Dios, sino también a los de los hombres, como ejemplo de honestidad y sobriedad para todos aquellos que habitan con vosotros en la tierra. Dejad de vosotros un buen recuerdo tanto de vida cristiana como de rectitud humana.
«El Señor está cerca. No os angustiéis por nada» (Flp 4, 5-6). El Señor está siempre cerca de todos aquellos que lo invocan con corazón sincero, con fe recta, con esperanza firme, con caridad perfecta; él, en efecto, sabe aquello de lo que tenéis necesidad antes de que se lo pidáis: él está siempre dispuesto a venir en socorro en toda necesidad a todos aquellos que lo sirven fielmente. Por eso no debemos preocuparnos demasiado de los males que nos sobrevienen, cuando tenemos la certeza de que Dios, nuestra defensa, nos está muy cerca, según el dicho: «El Señor está cerca de los que tienen el corazón quebrantado, y salva a los de espíritu abatido. Muchas son las aflicciones del justo, pero de todas las aflicciones lo librará el Señor» (Sal 33, 19-20). Si nosotros nos esforzamos por cumplir y conservar lo que nos ha mandado, él no tarda en darnos lo que nos ha prometido.

«Pero en todo, mediante la oración y la súplica, con acciones de gracias, manifestad a Dios vuestras peticiones» (Flp 4, 6), para poder afrontar las pruebas con paciencia y serenidad y nunca con amargas quejas —Dios nos guarde—, sino más bien «dando siempre gracias a Dios Padre por todo» (Ef 5, 20).

San Ambrosio, obispo