L’alma unida y transformada en Dios vive en Dios y para Dios, y refleja hacia él el mismo impulso vital que él le transmite. Es lo que, creo, quiso decir san Pablo cuando escribió: «Y de que sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: Abba, Padre» (Gal 4, 6), lo cual sucede a los perfectos de la manera dicha.
   No debe creerse imposible que en el alma suceda una cosa tan sublime. En efecto, cuando Dios le hace la gracia de llegar a ser deiforme y unida con la Santísima Trinidad, se hace Dios por participación. Entonces se hace posible en el alma otra vida intelectual, cognoscitiva y caritativa, realizada en la Trinidad, en unión con la Trinidad y semejante a la de la misma Trinidad. Esto, sin embargo, solo por comunicación, porque siempre es Dios quien opera todo lo que sucede en el alma. Cómo luego suceda esto, no se puede saber ni se puede expresar. Solo se puede demostrar que el Hijo de Dios nos obtuvo un estado tan sublime y nos mereció poder ser hijos de Dios, y lo pidió al Padre diciendo: «Padre, quiero que también aquellos que me has dado estén conmigo donde yo estoy, para que contemplen mi gloria, la que me diste» (Jn 17, 24), es decir, que por participación hagan en nosotros la misma obra que yo hago por naturaleza, es decir, la de espirar el Espíritu Santo. Dijo también: «No ruego solo por estos, sino también por aquellos que por su palabra creerán en mí: para que todos sean una sola cosa. Como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros una sola cosa, para que el mundo crea que tú me enviaste. Y la gloria que me diste, yo la di a ellos, para que sean como nosotros una sola cosa. Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectos en la unidad y el mundo sepa que tú me enviaste y los amaste como me amaste a mí» (Jn 17, 20-23).
Dios, pues, les comunicó el mismo amor que al Hijo, y esto no por naturaleza como al Hijo, sino por unión y por transformación de amor. El Hijo pide al Padre que los elegidos sean una sola cosa no como única esencia y naturaleza como lo son el Padre y el Hijo, sino en el sentido de una unión de amor, como el Padre y el Hijo viven en unidad de amor. Por eso las almas poseen por participación los mismos bienes que posee Dios por naturaleza. En virtud de esto son verdaderamente Dios por participación, iguales a él y sus compañeras.
Por eso san Pedro dice: «Gracia y paz os sean dadas en abundancia, en el conocimiento de Dios y de Jesús Señor nuestro. Su poder divino nos ha dado todos los bienes que pertenecen a la vida y a la piedad, por el conocimiento de aquel que nos ha llamado con su gloria y virtud. Con estos nos ha dado las promesas grandiosas y preciosas, para que por ellas llegaseis a ser partícipes de la naturaleza divina» (2 Pt 1, 2-4).
El alma participa de Dios haciendo en su compañía la obra de la Santísima Trinidad, de la manera ya descrita, en virtud de aquella unión, que ahora la liga solo imperfectamente al Altísimo, pero en la otra vida la vinculará a él en grado absoluto. Sin embargo, el alma, llegada a este estado, experimenta un gozo inmenso e inefable.
¡Oh almas creadas para cumbres tan altas y a ellas llamadas, qué hacéis? ¿En qué os entretenéis? ¿Querréis ser ciegas ante tanta luz y sordas ante llamamientos tan autorizados?

Del "Cántico espiritual" de san Juan de la Cruz, sacerdote