Está escrito: Uníos a los santos, porque los que los siguen serán santificados. Y también en otro lugar: Con el inocente serás inocente, con el elegido serás elegido, pero con el perverso te pervertirás (cf. Sal 17, 26). Por eso, estemos unidos a los inocentes y a los justos, porque ellos son los elegidos de Dios.
¿Por qué disputas, coleras, discordias, cismas y guerras entre vosotros? ¿No tenemos acaso un solo Dios, un solo Cristo, un solo Espíritu de gracia derramado sobre nosotros, una única vocación en Cristo? ¿Por qué desgarrar y lacerar los miembros de Cristo, por qué rebelarse contra el propio cuerpo y llegar a tal punto de delirio que olvidéis que sois unos miembros de los otros?
Recordad las palabras de Jesús, nuestro Señor. Él dijo: ¡Ay de aquel hombre! Mejor le hubiera sido no haber nacido, que escandalizar a uno de mis elegidos; mejor le hubiera sido que le colgaran al cuello una piedra de molino y lo sumergieran en el mar, que hacer caer en el mal a uno de mis elegidos (cf. Lc 17, 1-2). Vuestra división ha desviado a muchos, ha sumido a muchos en el desánimo, a muchos en la duda, a todos nosotros en el dolor; y vuestra discordia perdura todavía.
Tomad en mano la carta del apóstol san Pablo. ¿Qué es lo que os escribió primero al principio de su mensaje? Ciertamente es bajo una inspiración divina que os escribió una carta sobre sí mismo, sobre Cefas, sobre Apolo, porque desde entonces existía entre vosotros la tendencia a las facciones. Pero ese partidismo os causó entonces un pecado menor, porque vuestras preferencias iban dirigidas a apóstoles célebres por su buena reputación y a un hombre aprobado por ellos. Ahora, en cambio, hacéis caso a gente de poca monta, a personas que os pervierten y echan descrédito sobre esa vuestra cohesión fraterna, que os ha hecho merecidamente célebres. Es una deshonra que debemos eliminar lo antes posible. Arrodilémonos ante el Señor y supliquémosle con lágrimas que, hecho propicio, nos restituya su amistad y nos restablezca en una magnífica y casta fraternidad de amor.
Porque esta es la puerta de la justicia abierta a la vida, como está escrito: «Abridme las puertas de la justicia: entraré a dar gracias al Señor. Esta es la puerta del Señor, por ella entran los justos» (Sal 117, 19). Son muchas, es verdad, las puertas abiertas, pero la puerta de la justicia es precisamente la de Cristo: bienaventurados todos los que han entrado por ella y han dirigido sus pasos en la santidad y en la justicia, cumpliendo todo en la caridad y en la paz.
¿Hay alguno fiel, capaz en exponer la doctrina, sabio en el discernimiento de los discursos, casto en el actuar? Él debe ser tanto más humilde cuanto más grande es considerado, y debe buscar lo que es útil a todos, no su propio beneficio.
De la «Carta a los Corintios» de san Clemente I, papa
¿Por qué disputas, coleras, discordias, cismas y guerras entre vosotros? ¿No tenemos acaso un solo Dios, un solo Cristo, un solo Espíritu de gracia derramado sobre nosotros, una única vocación en Cristo? ¿Por qué desgarrar y lacerar los miembros de Cristo, por qué rebelarse contra el propio cuerpo y llegar a tal punto de delirio que olvidéis que sois unos miembros de los otros?
Recordad las palabras de Jesús, nuestro Señor. Él dijo: ¡Ay de aquel hombre! Mejor le hubiera sido no haber nacido, que escandalizar a uno de mis elegidos; mejor le hubiera sido que le colgaran al cuello una piedra de molino y lo sumergieran en el mar, que hacer caer en el mal a uno de mis elegidos (cf. Lc 17, 1-2). Vuestra división ha desviado a muchos, ha sumido a muchos en el desánimo, a muchos en la duda, a todos nosotros en el dolor; y vuestra discordia perdura todavía.
Tomad en mano la carta del apóstol san Pablo. ¿Qué es lo que os escribió primero al principio de su mensaje? Ciertamente es bajo una inspiración divina que os escribió una carta sobre sí mismo, sobre Cefas, sobre Apolo, porque desde entonces existía entre vosotros la tendencia a las facciones. Pero ese partidismo os causó entonces un pecado menor, porque vuestras preferencias iban dirigidas a apóstoles célebres por su buena reputación y a un hombre aprobado por ellos. Ahora, en cambio, hacéis caso a gente de poca monta, a personas que os pervierten y echan descrédito sobre esa vuestra cohesión fraterna, que os ha hecho merecidamente célebres. Es una deshonra que debemos eliminar lo antes posible. Arrodilémonos ante el Señor y supliquémosle con lágrimas que, hecho propicio, nos restituya su amistad y nos restablezca en una magnífica y casta fraternidad de amor.
Porque esta es la puerta de la justicia abierta a la vida, como está escrito: «Abridme las puertas de la justicia: entraré a dar gracias al Señor. Esta es la puerta del Señor, por ella entran los justos» (Sal 117, 19). Son muchas, es verdad, las puertas abiertas, pero la puerta de la justicia es precisamente la de Cristo: bienaventurados todos los que han entrado por ella y han dirigido sus pasos en la santidad y en la justicia, cumpliendo todo en la caridad y en la paz.
¿Hay alguno fiel, capaz en exponer la doctrina, sabio en el discernimiento de los discursos, casto en el actuar? Él debe ser tanto más humilde cuanto más grande es considerado, y debe buscar lo que es útil a todos, no su propio beneficio.
De la «Carta a los Corintios» de san Clemente I, papa