Pare una palabra dura, hermanos carísimos, y se juzga casi imposible aquello que el Señor dijo en el Evangelio, cuando manda: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo» (Mt 16,24). Pero no es duro aquello que es mandado por Aquel que da también la ayuda para hacer lo que manda.
«Niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» a Cristo. Y ¿dónde hay que seguir a Cristo, sino allí donde él ha ido? Sabemos, en efecto, que ha resucitado y ha ascendido al cielo: allí debemos seguirlo. No hay que desesperar, ciertamente, de llegar allí, porque él mismo lo ha prometido, no porque el hombre pueda algo. Lejos de nosotros estaba el cielo antes de que nuestro Cabeza subiera al cielo. Ahora, ¿por qué desesperar de subir también nosotros, si somos miembros de esa Cabeza? ¿Por qué, entonces? ¿Por el hecho de que se sufren en la tierra muchos temores y dolores? Sigamos a Cristo, donde hay felicidad perfecta, paz suprema, seguridad perpetua.
Mas quien desea seguir a Cristo, escuche al apóstol que afirma: «Quien dice que permanece en Cristo, debe andar como él anduvo» (1 Jn 2,6). ¿Quieres seguir a Cristo? Sé humilde donde él fue humilde: no quieras despreciar su bajeza, si quieres llegar a su altura.
Cierto, el camino se ha hecho escarpado y difícil después de que el hombre pecó; pero ha sido allanado por los pasos de Cristo resucitado, que de un sendero estrechísimo ha hecho una vía regia. Por este camino se corre con los dos pies, es decir, la humildad y la caridad. Todos son atraídos por la altura: pero la humildad es el primer peldaño. ¿Por qué das un paso más largo que la pierna? Quieres caer, no subir. Comienza por el primer peldaño, es decir, por la humildad, y así ya has comenzado a subir.
Por eso, el Señor y Salvador nuestro no solo dijo «niéguese a sí mismo», sino que añadió: «tome su cruz y sígame». ¿Qué significa «tome su cruz»? Que soporte todo lo que es molesto: esto es seguirme. Cuando haya comenzado a seguirme en mis comportamientos y preceptos, muchos lo contradirán, muchos lo estorbarán, muchos no solo se burlarán de él, sino que también lo perseguirán. Y esto vendrá no solo de los paganos, que están fuera de la Iglesia, sino también de parte de aquellos que parecen estar dentro físicamente, pero están fuera a causa de sus acciones malvadas: estos de cristiano solo tienen el nombre, mientras no hacen sino perseguir a los buenos cristianos. Tales son en los miembros de la Iglesia como los malos humores en el cuerpo. Tú, pues, si deseas seguir a Cristo, no dudes en llevar su cruz: tolera a los malos, no te dejes intimidar.
Así, pues, si queremos cumplir la palabra del Señor, «si alguno quiere venir en pos de mí, tome su cruz y sígame», esforcémonos por poner en práctica con la ayuda de Dios aquello que dice el Apóstol: si tenemos de qué comer y vestir, contentémonos (cf. 1 Tm 6,8); no suceda que, buscando los bienes terrenales más de lo necesario y queriendo hacernos ricos, caigamos en la tentación y en la trampa del diablo (cf. 1 Tm 6,9), es decir, en deseos múltiples, inútiles y nocivos, que sumergen a los hombres en la ruina y en la perdición. De esta tentación se digne el Señor de librarnos bajo su protección.
De los «Discursos» de San Cesario de Arles, obispo
«Niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» a Cristo. Y ¿dónde hay que seguir a Cristo, sino allí donde él ha ido? Sabemos, en efecto, que ha resucitado y ha ascendido al cielo: allí debemos seguirlo. No hay que desesperar, ciertamente, de llegar allí, porque él mismo lo ha prometido, no porque el hombre pueda algo. Lejos de nosotros estaba el cielo antes de que nuestro Cabeza subiera al cielo. Ahora, ¿por qué desesperar de subir también nosotros, si somos miembros de esa Cabeza? ¿Por qué, entonces? ¿Por el hecho de que se sufren en la tierra muchos temores y dolores? Sigamos a Cristo, donde hay felicidad perfecta, paz suprema, seguridad perpetua.
Mas quien desea seguir a Cristo, escuche al apóstol que afirma: «Quien dice que permanece en Cristo, debe andar como él anduvo» (1 Jn 2,6). ¿Quieres seguir a Cristo? Sé humilde donde él fue humilde: no quieras despreciar su bajeza, si quieres llegar a su altura.
Cierto, el camino se ha hecho escarpado y difícil después de que el hombre pecó; pero ha sido allanado por los pasos de Cristo resucitado, que de un sendero estrechísimo ha hecho una vía regia. Por este camino se corre con los dos pies, es decir, la humildad y la caridad. Todos son atraídos por la altura: pero la humildad es el primer peldaño. ¿Por qué das un paso más largo que la pierna? Quieres caer, no subir. Comienza por el primer peldaño, es decir, por la humildad, y así ya has comenzado a subir.
Por eso, el Señor y Salvador nuestro no solo dijo «niéguese a sí mismo», sino que añadió: «tome su cruz y sígame». ¿Qué significa «tome su cruz»? Que soporte todo lo que es molesto: esto es seguirme. Cuando haya comenzado a seguirme en mis comportamientos y preceptos, muchos lo contradirán, muchos lo estorbarán, muchos no solo se burlarán de él, sino que también lo perseguirán. Y esto vendrá no solo de los paganos, que están fuera de la Iglesia, sino también de parte de aquellos que parecen estar dentro físicamente, pero están fuera a causa de sus acciones malvadas: estos de cristiano solo tienen el nombre, mientras no hacen sino perseguir a los buenos cristianos. Tales son en los miembros de la Iglesia como los malos humores en el cuerpo. Tú, pues, si deseas seguir a Cristo, no dudes en llevar su cruz: tolera a los malos, no te dejes intimidar.
Así, pues, si queremos cumplir la palabra del Señor, «si alguno quiere venir en pos de mí, tome su cruz y sígame», esforcémonos por poner en práctica con la ayuda de Dios aquello que dice el Apóstol: si tenemos de qué comer y vestir, contentémonos (cf. 1 Tm 6,8); no suceda que, buscando los bienes terrenales más de lo necesario y queriendo hacernos ricos, caigamos en la tentación y en la trampa del diablo (cf. 1 Tm 6,9), es decir, en deseos múltiples, inútiles y nocivos, que sumergen a los hombres en la ruina y en la perdición. De esta tentación se digne el Señor de librarnos bajo su protección.
De los «Discursos» de San Cesario de Arles, obispo