Cristo te alimenta como es justo, con juicio, y distingue a sus ovejas de las que no son suyas. Mis ovejas, dice, escuchan mi voz y me siguen (cf. Jn 10, 27). Aquí encuentro a todos los buenos pastores como concretizados en el único Pastor. No faltan, en efecto, los buenos pastores, sino que todos se encuentran personificados en uno solo. Serían muchos, si estuvieran divididos, pero aquí se dice que es uno solo, porque se recomienda la unidad. Por esta única razón ahora no se habla de pastores, sino del único Pastor, no porque el Señor no encuentre a quien confiar sus ovejas. En otro tiempo las confió, porque encontró a Pedro. Antes bien, precisamente en el mismo Pedro recomendó la unidad. Muchos eran los apóstoles, pero a uno solo dijo: «Apacienta mis ovejas» (Jn 21, 17). Dios quiera que no falten en nuestros días los buenos pastores; Dios no permita que nos veamos privados de ellos; su misericordiosa bondad los haga brotar y los constituya a la cabeza de las iglesias.
Cierto, si hay buenas ovejas, habrá también buenos pastores; porque de las buenas ovejas se forman los buenos pastores. Pero todos los buenos pastores se identifican con la persona de uno solo, son una sola cosa. En ellos que apacientan, es Cristo quien apacienta. Los amigos, en efecto, del esposo no hacen resonar su voz, sino que se alegran con la voz del esposo. Por eso es él mismo quien apacienta, cuando ellos apacientan, y dice: Soy yo quien apacienta, porque es en ellos su voz, en ellos su amor.
Cuando Cristo confió las ovejas a Pedro, ciertamente las confió como hace uno que las da a otro, distinto de sí. Sin embargo, quiso hacerlo una sola cosa con él. Cristo, la cabeza, confía las ovejas a Pedro, como figura del cuerpo, es decir, de la Iglesia. De esta manera se puede afirmar que Cristo y Pedro vinieron a formar una sola cosa, como el esposo y la esposa.
Por eso, para confiarle las ovejas, no como a otro que a sí, ¿qué le pide primero? Pedro, ¿me amas? Y respondió: Te amo. Y de nuevo: ¿Me amas? Y respondió: Te amo. Y por tercera vez: ¿Me amas? Y respondió: Te amo (cf. Jn 21, 15-17). Quiere hacer firme el amor para consolidarlo en la unidad con él mismo. Él solo, por tanto, apacienta en los pastores, y ellos apacientan en él solo.
De una parte no se habla de pastores y al mismo tiempo se mencionan. Se glorifican los pastores, pero: «El que se gloríe, gloriese en el Señor» (2 Cor 10, 17). Esto quiere decir apacentar a Cristo, apacentar por Cristo, apacentar en Cristo, no apacentar por sí mismo fuera de Cristo. No ciertamente por falta de pastores. Cuando Dios por boca del profeta decía: Yo mismo apacentaré mis ovejas, porque no encuentro a quién confiarlas, no pretendía anunciar tiempos tan calamitosos que nos viéramos privados de pastores. En efecto, también cuando Pedro y los mismos apóstoles estaban en este cuerpo y en esta vida, él, el único que en su persona compendia a todos los demás pastores, pronunció palabras semejantes: «Y tengo otras ovejas que no son de este redil; también a estas debo traerlas; escucharán mi voz y habrá un solo rebaño y un solo pastor» (Jn 10, 16). Cristo, pues, es él solo quien apacienta al rebaño, pero lo hace personificándose en los distintos pastores.
Todos, pues, se encuentren en el único pastor, y expresen la única voz del pastor. Las ovejas escuchen esta voz y sigan a su pastor, y no a este o a aquel otro, sino a uno solo. Y todos en él hagan resonar una sola voz, no tengan voces diversas. «Os exhorto, hermanos, a que seáis todos unánimes en el hablar, para que no haya divisiones entre vosotros» (1 Cor 1, 10). Esta voz, purificada de toda división y de toda herejía, escuchen las ovejas y sigan a su pastor que dice: «Mis ovejas escuchan mi voz... y ellas me siguen» (Jn 10, 27).
Santo Agustín, obispo