Hermanos, celebrad como conviene, con gran fervor de espíritu, la venida del Señor, con viva alegría por el don que os es hecho y con profunda gratitud por el amor que os es demostrado.
No meditéis, por tanto, solamente en la primera venida del Señor, cuando él entró en el mundo para buscar y salvar lo que estaba perdido, sino también en la segunda, cuando volverá para unirse a sí para siempre.
Haced objeto de contemplación la doble visita del Cristo, reflexionando sobre lo que nos ha donado en la primera y sobre lo que nos ha prometido para la segunda.
«Ha llegado, en efecto, el momento», hermanos, «en que ha de comenzar el juicio desde la casa de Dios» (1 Pt 4, 17). Pero ¿cuál será la suerte de aquellos que actualmente rechazan este juicio? Quien, en efecto, se sustrae al juicio presente en el que el príncipe de este mundo es expulsado, espere, o, mejor, tema al Juez futuro del cual será expulsado junto con su príncipe. Si, en cambio, nosotros nos sometemos ya ahora al debido juicio, estamos seguros, y «esperamos como Salvador al Señor Jesucristo, el cual transformará nuestro cuerpo humilde para hacerlo semejante a su cuerpo glorioso» (Fil 3, 20b-21a). «Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre» (Mt 13, 43).
«El Salvador transformará» con su venida «nuestro cuerpo humilde para hacerlo semejante a su cuerpo glorioso» solo si antes encuentra renovado y conformado en la humildad a suyo nuestro corazón. Por eso dice: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29). Considerad en estas palabras la doble especie de humildad, la de conocimiento y la de voluntad. Esta última aquí se llama humildad de corazón. Con la primera conocemos nuestro nada, como deducimos de la experiencia de nosotros mismos y de nuestra debilidad. Con la segunda rechazamos la gloria vanidosa del mundo. Aprendemos la humildad del corazón de aquel que «se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo» (Fil 2, 7), de aquel que, cuando fue requerido para ser hecho rey, huyó; en cambio, cuando fue buscado para ser cubierto de ultrajes y condenado a la ignominia y al suplicio de la cruz, se ofreció de su propia voluntad.

De los «Discursos» de san Bernardo, abad