Cristo en el bautismo se hace luz, entremos también nosotros en su esplendor; Cristo recibe el bautismo, hablemos con él para poder con él ascender a la gloria.
Juan da el bautismo, Jesús se acerca a él, quizás para santificar a aquel del cual es bautizado en el agua, pero también sin duda para sepultar totalmente en las aguas al viejo hombre. Santifica el Jordán antes de santificarnos a nosotros y lo santifica por nosotros. Y puesto que era espíritu y carne, santifica en el Espíritu y en el agua.
El Bautista no acepta la petición, pero Jesús insiste.
Soy yo quien debe recibir de ti el bautismo (cf. Mt 3, 14), así dice la lámpara al sol, la voz a la Palabra, el amigo al Esposo, aquel que es el más grande entre los nacidos de mujer a aquel que es el primogénito de toda criatura, aquel que en el vientre de su madre se alegró a aquel que, aún oculto en el seno materno, recibió su adoración, aquel que precedía, y que aún precedería, a aquel que ya había aparecido y volvería a aparecer en su tiempo.
"Yo debo recibir el bautismo de ti" y, añade, «en tu nombre». Sabía, en efecto, que recibiría el bautismo del martirio o que, como Pedro, sería lavado no solo en los pies.
Jesús sube de las aguas y lleva consigo hacia lo alto todo el cosmos. Ve cómo se rasgan y se abren los cielos, aquellos cielos que Adán había cerrado para sí y para toda su descendencia, aquellos cielos vedados y cerrados, como el paraíso lo estaba por la espada flamígera.
Y el Espíritu da testimonio de la divinidad de Cristo: se presenta simbólicamente sobre Aquel que le es totalmente igual. Una voz proviene de las profundidades de los cielos, de aquellas mismas profundidades de las cuales provenía Aquel que en ese momento recibía el testimonio.
El Espíritu aparece visiblemente como paloma y, de este modo, honra también el cuerpo divinizado y por tanto a Dios. No debe olvidarse que mucho tiempo antes había sido también una paloma la que había anunciado el fin del diluvio.
Honremos, pues, en este día el bautismo de Cristo y celebremos como es justo esta fiesta.
Purificaos totalmente y progresad en esta pureza. Dios de ninguna cosa se alegra tanto como de la conversión y la salvación del hombre. Por el hombre, en efecto, han sido pronunciadas todas las palabras divinas y por él han sido cumplidos los misterios de la revelación.
Todo ha sido hecho para que vosotros os convirtáis en tantos soles, es decir, fuerza vital para los otros hombres. Sed luces perfectas delante de aquella luz inmensa. Seréis inundados de su esplendor sobrenatural. Llegará a vosotros, limpidísima y directa, la luz de la Trinidad, de la cual hasta ahora no habéis recibido sino un solo rayo, proveniente del Dios único, a través de Cristo Jesús nuestro Señor, al cual sean gloria y poder por los siglos de los siglos. Amén.

San Gregorio Nacianceno, obispo