Dios, Verbo del Padre supremo, no abandonó la naturaleza de los hombres que se dejaba llevar a la deriva, sino que con la ofrenda de su propio cuerpo aniquiló la muerte, en la que habían caído, disipó la ignorancia con su enseñanza y renovó todas las cosas con su fuerza y su poder. Cualquiera podrá encontrar confirmación de todo ello en la autoridad de aquellos conocedores de Dios que son los discípulos del Salvador. Pues dejaron escrito: El amor de Cristo nos impulsa, al pensar que uno murió por todos y, por tanto, todos murieron. Y él murió por todos para que nosotros no vivamos ya para nosotros mismos, sino para aquel que murió por nosotros y resucitó, el Señor nuestro Jesucristo (cf. 2 Cor 5, 14-15). Y también: «Al que fue hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús, le vemos coronado de gloria y de honor a causa del sufrimiento de la muerte, para que, por la gracia de Dios, probase la muerte por todos» (Heb 2, 9). Luego el mismo texto aclara por qué no otro que el Verbo de Dios debía hacerse hombre, observando que «era justo que el que, por medio de él y para él son todas las cosas, al querer llevar muchos hijos a la gloria, perfeccionase mediante el sufrimiento al que los guía a la salvación» (Heb 2, 10). Y con estas palabras muestra que los hombres debían ser liberados de todas las fuerzas corruptoras del mundo no por otro que por el Verbo de Dios, del cual al principio habían sido creados.
Que el propio Verbo haya tomado cuerpo para hacerse víctima por cuerpos semejantes al suyo, lo manifiestan también estas palabras: «Puesto que, pues, los hijos tienen en común la sangre y la carne, él también se hizo partícipe de ellas, para que, mediante la muerte, invalidase al que tiene el poder de la muerte, es decir, al diablo, y liberase así a aquellos que, por el temor a la muerte, estaban sometidos a esclavitud toda su vida» (Heb 2, 14-15). Precisamente inmolando su propio cuerpo puso fin a la ley promovida contra nosotros y, con la esperanza de la resurrección, dio inicio a nuestra vida.
La muerte había recibido fuerza de los hombres contra los hombres. Pero el Verbo de Dios, venido entre los hombres, aniquiló la muerte y renovó la vida. Lo dice un hombre lleno de Cristo: «Pues, si por un hombre vino la muerte, por un hombre vendrá también la resurrección de los muertos. Y como todos mueren en Adán, así también todos serán vivificados en Cristo» (1 Cor 15, 21-22). No morimos como condenados, sino como destinados a ser despertados de entre los muertos. Esperamos la resurrección universal, que será operada, a su tiempo, por Dios, autor y benefactor del hombre.

De los «Discursos» de san Atanasio, obispo