La ley y el pacto han sufrido mutaciones totales. En efecto, Dios mutó el primer pacto con Adán e impuso otro a Noé. Luego estableció otro con Abraham, actualizado posteriormente con el que celebró con Moisés. Puesto que tampoco el pacto mosaico era observado, hizo una nueva alianza con la última generación. Esta no debía ser ya mutada. En efecto, a Adán había impuesto la ley de no comer del árbol de la vida, a Noé hizo aparecer un arco en las nubes, a Abraham, ya elegido por su fe, impuso después la circuncisión, como carácter y signo para los posteriores. Moisés tuvo el cordero pascual, como propiciación para el pueblo. Todos estos pactos diferían el uno del otro. Sin embargo, la verdadera circuncisión, aprobada por aquel que dio aquellos pactos, es la de la que habla Jeremías cuando dice: «Circuncidáos el corazón» (Jer 4, 4). Si el pacto que Dios celebró con Abraham fue firme, también este es firme y duradero, ni se podrá ya establecer otra ley por iniciativa ya de aquellos que están fuera de la ley, ya de los sujetos a la ley.
En efecto, él dio la ley a Moisés con todas sus observancias y sus preceptos; pero, puesto que no los observaban, hizo vanas tanto la ley como los profetas, prometiendo que daría un nuevo pacto, que dijo sería diferente del primero, aunque el dador de ambos fuera único. El pacto luego que prometió dar es este: «Todos me conocerán, desde el más pequeño al más grande de ellos». Y en este pacto no hay ya la circuncisión de la carne y una señal distintiva del pueblo.
Dios, en las distintas generaciones, estableció leyes, que fueron válidas hasta que le agradó, y luego cayeron en desuso, como dice el Apóstol: En el pasado el reino de Dios asumió formas distintas en los distintos tiempos.
Sin embargo, nuestro Dios es veraz, y sus preceptos son firmísimos: y cualquier pacto, en su tiempo, fue mantenido firme y verdadero, y aquellos que son circuncisos en el corazón tienen la vida por la nueva circuncisión que se opera en el Jordán, es decir, en el bautismo recibido para la remisión de los pecados.
Josué, hijo de Nun, hizo circuncidar nuevamente al pueblo con un cuchillo de piedra, cuando con su pueblo pasó el Jordán; Jesús, nuestro Salvador, hace de nuevo circuncidar con la circuncisión del corazón a las gentes que han creído en él, y que fueron lavadas en el bautismo y circuncisadas con la espada, que es la palabra de Dios, más cortante que una espada de doble filo (cf. Heb 4, 12).
Josué, hijo de Nun, hizo entrar al pueblo en la tierra prometida; Jesús, nuestro Señor, prometió la tierra de la vida a todos aquellos que han pasado el verdadero Jordán y han creído y fueron circuncisos en lo íntimo de su corazón.
Dichosos, por tanto, aquellos que fueron circuncisos en lo íntimo del corazón, y son renacidos de las aguas de la segunda circuncisión. Ellos recibirán la herencia con Abraham, patriarca fiel y padre de todas las gentes, porque su fe le fue computada a justicia.

De las «Demostraciones» de Afraates, obispo