¿Quién es capaz de comprender, Señor, toda la riqueza de una sola de tus palabras? Mucho más es lo que nos escapa de lo que logramos comprender. Somos como los sedientos que beben de una fuente. Tu palabra ofrece muchos aspectos distintos, como son numerosas las perspectivas de quienes la estudian. El Señor ha coloreado su palabra con diversas bellezas, para que quienes la examinan puedan contemplar lo que prefieren. Ha escondido en su palabra todos los tesoros, para que cada uno de nosotros encuentre una riqueza en lo que contempla.
Su palabra es un árbol de vida que, por todas partes, te ofrece frutos bendecidos. Es como aquella roca abierta en el desierto, que se convirtió para cada hombre, por todas partes, en una bebida espiritual. Comieron, dice el Apóstol, un alimento espiritual y bebieron una bebida espiritual (cf. 1 Cor 10, 2).
Quien toca una de estas riquezas no crea que no haya otra cosa en la palabra de Dios además de lo que él ha encontrado. Más bien, que se dé cuenta de que no ha sido capaz de descubrir en ella sino una sola cosa entre muchas otras. Después de enriquecerse con la palabra, no crea que esta se empobrece por ello. Incapaz de agotar su riqueza, dé gracias por su inmensidad. Alegrate de haber sido saciado, pero no te entristezcas por el hecho de que la riqueza de la palabra te supere. El que tiene sed se alegra de beber, pero no se entristece porque no logra agotar la fuente. Es mejor que la fuente satisfaga tu sed, que la sed agote la fuente. Si tu sed se apaga sin que la fuente se seque, podrás beber de ella de nuevo cada vez que lo necesites. Si, en cambio, saciándote secas la fuente, tu victoria será tu desgracia. Da gracias por lo que has recibido y no murmures por lo que queda sin usar. Lo que has tomado o llevado es cosa tuya, pero lo que queda sigue siendo tu herencia. Lo que no pudiste recibir de inmediato a causa de tu debilidad, recíbelo en otros momentos con tu perseverancia. No tengas la impudencia de querer tomar de un solo golpe lo que no puede extraerse sino a plazos, y no te alejes de lo que podrías recibir solo poco a poco.
De los «Comentarios sobre el Diatessaron» de san Efrén, diácono
Su palabra es un árbol de vida que, por todas partes, te ofrece frutos bendecidos. Es como aquella roca abierta en el desierto, que se convirtió para cada hombre, por todas partes, en una bebida espiritual. Comieron, dice el Apóstol, un alimento espiritual y bebieron una bebida espiritual (cf. 1 Cor 10, 2).
Quien toca una de estas riquezas no crea que no haya otra cosa en la palabra de Dios además de lo que él ha encontrado. Más bien, que se dé cuenta de que no ha sido capaz de descubrir en ella sino una sola cosa entre muchas otras. Después de enriquecerse con la palabra, no crea que esta se empobrece por ello. Incapaz de agotar su riqueza, dé gracias por su inmensidad. Alegrate de haber sido saciado, pero no te entristezcas por el hecho de que la riqueza de la palabra te supere. El que tiene sed se alegra de beber, pero no se entristece porque no logra agotar la fuente. Es mejor que la fuente satisfaga tu sed, que la sed agote la fuente. Si tu sed se apaga sin que la fuente se seque, podrás beber de ella de nuevo cada vez que lo necesites. Si, en cambio, saciándote secas la fuente, tu victoria será tu desgracia. Da gracias por lo que has recibido y no murmures por lo que queda sin usar. Lo que has tomado o llevado es cosa tuya, pero lo que queda sigue siendo tu herencia. Lo que no pudiste recibir de inmediato a causa de tu debilidad, recíbelo en otros momentos con tu perseverancia. No tengas la impudencia de querer tomar de un solo golpe lo que no puede extraerse sino a plazos, y no te alejes de lo que podrías recibir solo poco a poco.
De los «Comentarios sobre el Diatessaron» de san Efrén, diácono