«Tú eres bueno, Señor, y perdonas, eres lleno de misericordia con quien te invoca» (Sal 85, 5); ¿quién no te servirá con todo el corazón, después de haber comenzado a saborear, aunque sea por poco, la dulzura de tu señorío paternal? ¿Qué mandas, Señor, a tus siervos? «Tomad, dices, mi yugo sobre vosotros» (Mt 11, 29). ¿Y cuál es tu yugo? «Mi yugo», dices, «es dulce y mi carga ligera» (Mt 11, 30). ¿Quién no llevará muy de buen grado un yugo que no aprieta, sino que acaricia, y un peso que no oprime, sino que alivia? Por eso, con razón, añadiste: «Y hallaréis descanso para vuestras almas» (Mt 11, 29). ¿Y cuál es este tu yugo que no fatiga, sino que descansa? Ciertamente el primer y más grande mandamiento: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón» (Mt 22, 37). ¿Qué hay de más fácil, de más suave y dulce, que amar la bondad, la belleza y el amor? Y todo esto eres tú, Señor mío Dios.
Y tú llegas incluso a prometer una recompensa a aquellos que observan tus leyes, aunque estas sean ya por sí mismas más preciosas que mucho oro y más dulces que un panal de miel? Sí, prometes verdaderamente una recompensa, y una recompensa grandísima, según la palabra de tu apóstol Santiago: «El Señor ha pro- metido la corona de la vida a los que lo aman» (Gc 1, 12). ¿Y cuál es la corona de la vida? Es ciertamente el bien más grande que podemos pensar o desear, como dice san Pablo, siguiendo a Isaías: «Aquellas cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni jamás subieron al corazón del hombre, las ha preparado Dios para los que lo aman» (1 Cor 2, 9, cfr. Is 64, 1-3; 65, 17).
Sí, es verdaderamente grande la recompensa por la observancia de tus mandamientos. Ese primer y más grande mandamiento es más ventajoso para el hombre que obedece que para Dios que manda. Pero todo otro mandamiento de Dios perfecciona a quien obedece, lo eleva, lo instruye, lo ilumina, y finalmente lo hace bueno y bienaventurado.
Por lo tanto, si tienes sabiduría, comprende que eres creado para la gloria de Dios y para tu eterna salvación. Este es tu fin, este el centro de tu alma, este el tesoro de tu corazón. Si alcanzarás este fin serás bienaventurado; si te alejarás de él serás infeliz.
Por lo tanto, estima verdadero bien para ti aquello que te conduce a tu fin, y verdadero mal aquello que te lo hace perder. Sucesos prósperos o adversos, riquezas y pobreza, salud y enfermedad, honores e insultos, vida y muerte, el sabio no debe buscarlos ni huirlos por sí mismos. Pero son buenos y deseables solo si contribuyen a la gloria de Dios y a tu felicidad eterna. Son malos y de huir si la obstaculizan.
Y tú llegas incluso a prometer una recompensa a aquellos que observan tus leyes, aunque estas sean ya por sí mismas más preciosas que mucho oro y más dulces que un panal de miel? Sí, prometes verdaderamente una recompensa, y una recompensa grandísima, según la palabra de tu apóstol Santiago: «El Señor ha pro- metido la corona de la vida a los que lo aman» (Gc 1, 12). ¿Y cuál es la corona de la vida? Es ciertamente el bien más grande que podemos pensar o desear, como dice san Pablo, siguiendo a Isaías: «Aquellas cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni jamás subieron al corazón del hombre, las ha preparado Dios para los que lo aman» (1 Cor 2, 9, cfr. Is 64, 1-3; 65, 17).
Sí, es verdaderamente grande la recompensa por la observancia de tus mandamientos. Ese primer y más grande mandamiento es más ventajoso para el hombre que obedece que para Dios que manda. Pero todo otro mandamiento de Dios perfecciona a quien obedece, lo eleva, lo instruye, lo ilumina, y finalmente lo hace bueno y bienaventurado.
Por lo tanto, si tienes sabiduría, comprende que eres creado para la gloria de Dios y para tu eterna salvación. Este es tu fin, este el centro de tu alma, este el tesoro de tu corazón. Si alcanzarás este fin serás bienaventurado; si te alejarás de él serás infeliz.
Por lo tanto, estima verdadero bien para ti aquello que te conduce a tu fin, y verdadero mal aquello que te lo hace perder. Sucesos prósperos o adversos, riquezas y pobreza, salud y enfermedad, honores e insultos, vida y muerte, el sabio no debe buscarlos ni huirlos por sí mismos. Pero son buenos y deseables solo si contribuyen a la gloria de Dios y a tu felicidad eterna. Son malos y de huir si la obstaculizan.
Del tratado «Elevación de la mente a Dios» de San Roberto Belarmino, obispo