Revistámonos de paz, de humildad, de castidad. Mantengámonos lejos de toda murmuración y calumnia, y practicamos la justicia no con palabras, sino con obras. Ésta escrito en efecto: El que habla mucho, sepa también escuchar, y el locuaz no crea salvarse por sus muchas palabras (cf. Job 11, 2).
Debemos, por tanto, ponernos de buen ánimo a hacer el bien, porque todo nos es dado por el Señor. Él nos advierte de antemano: He aquí el Señor, y su recompensa está con él, para dar a cada uno según sus obras (cf. Ap 22, 12). Por eso nos exhorta a creer en él con todo el corazón y a no ser perezosos, sino dedicados a toda obra buena.
Él sea nuestra gloria y en él repose nuestra confianza. Estemos sujetos a su voluntad y consideremos como toda la multitud de los ángeles está a su presencia, al servicio de su voluntad. Dice en efecto la Escritura: «Miles de miles lo servían y diez mil miríadas lo asistían» y «Proclamaban el uno al otro: Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos. Toda la creación está llena de su gloria» (Dn 7, 10; Is 6, 3). También nosotros, pues, unámonos en el mismo lugar en la concordia de los sentimientos, y gritemos continuamente a él como con una sola boca, para ser partícipes de sus grandes y gloriosas promesas.
Está dicho en efecto: Ojo nunca vio, ni oído oyó, ni entró en el corazón del hombre aquellas cosas que Dios ha preparado para los que lo esperan (cf. 1 Cor 2, 9).
¡Cómo están llenos de bienaventuranza y son admirables los dones del Señor! La vida en la inmortalidad, el esplendor en la justicia, la verdad en la franqueza, la fe en la confianza, el dominio de sí en la santidad: todo esto ha sido puesto al alcance de nuestras capacidades. ¿Cuáles serán entonces los bienes que vienen preparados para los que lo esperan? Solo el creador y padre de los siglos, el santísimo, conoce su cantidad y su belleza.
Nosotros, pues, para tener parte en los dones prometidos, hagamos todo lo posible por encontrarnos en el número de los que esperan al Señor. Y ¿a qué condiciones podrá ocurrir esto, oh mis amados? Ocurrirá si nuestro corazón estará firme en Dios con la fe, si buscaremos con diligencia lo que es agradable y acepto a él, si cumpliremos lo que es conforme a su santa voluntad, si seguiremos el camino de la verdad, rechazando de nosotros toda forma de injusticia.
De la «Carta a los Corintios» de San Clemente I, papa
Debemos, por tanto, ponernos de buen ánimo a hacer el bien, porque todo nos es dado por el Señor. Él nos advierte de antemano: He aquí el Señor, y su recompensa está con él, para dar a cada uno según sus obras (cf. Ap 22, 12). Por eso nos exhorta a creer en él con todo el corazón y a no ser perezosos, sino dedicados a toda obra buena.
Él sea nuestra gloria y en él repose nuestra confianza. Estemos sujetos a su voluntad y consideremos como toda la multitud de los ángeles está a su presencia, al servicio de su voluntad. Dice en efecto la Escritura: «Miles de miles lo servían y diez mil miríadas lo asistían» y «Proclamaban el uno al otro: Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos. Toda la creación está llena de su gloria» (Dn 7, 10; Is 6, 3). También nosotros, pues, unámonos en el mismo lugar en la concordia de los sentimientos, y gritemos continuamente a él como con una sola boca, para ser partícipes de sus grandes y gloriosas promesas.
Está dicho en efecto: Ojo nunca vio, ni oído oyó, ni entró en el corazón del hombre aquellas cosas que Dios ha preparado para los que lo esperan (cf. 1 Cor 2, 9).
¡Cómo están llenos de bienaventuranza y son admirables los dones del Señor! La vida en la inmortalidad, el esplendor en la justicia, la verdad en la franqueza, la fe en la confianza, el dominio de sí en la santidad: todo esto ha sido puesto al alcance de nuestras capacidades. ¿Cuáles serán entonces los bienes que vienen preparados para los que lo esperan? Solo el creador y padre de los siglos, el santísimo, conoce su cantidad y su belleza.
Nosotros, pues, para tener parte en los dones prometidos, hagamos todo lo posible por encontrarnos en el número de los que esperan al Señor. Y ¿a qué condiciones podrá ocurrir esto, oh mis amados? Ocurrirá si nuestro corazón estará firme en Dios con la fe, si buscaremos con diligencia lo que es agradable y acepto a él, si cumpliremos lo que es conforme a su santa voluntad, si seguiremos el camino de la verdad, rechazando de nosotros toda forma de injusticia.
De la «Carta a los Corintios» de San Clemente I, papa