Consideremos, carísimos, cómo el Señor nos muestra ejemplos continuos de la resurrección futura, de la cual nos ha dado una primicia en Jesucristo, resucitándolo de entre los muertos.
Observemos la resurrección que ocurre en la ley del tiempo. El día y la noche nos muestran la resurrección. La noche se duerme, el día resurge. El día se va, la noche sobreviene.
Tomemos como ejemplo los frutos. ¿Qué es la semilla y cómo se genera? El sembrador salió y esparció sobre la tierra cada una de las semillas. Estas, caídas en la tierra secas y desnudas, se pudren. Luego Dios, grande y providente, las hace resurgir de la misma descomposición, y de una sola semilla saca muchas, y las lleva a la fructificación.
Nuestras almas estén unidas a él con esta esperanza, a él que es fiel en la promesa y justo en los juicios. El que ha prohibido mentir, mucho menos mentirá él mismo. Nada, en efecto, es imposible a Dios, excepto mentir. Hagamos, pues, revivir nuestra fe en él y consideremos cómo todas las cosas están unidas a él.
Con una palabra de su majestad ha establecido todo y con una palabra suya todo puede destruir. ¿Quién podría preguntarle: Qué has hecho? ¿O quién podría oponerse a la potencia de su fuerza? (cfr. Sab 12, 12). Sus obras las hará todas cuando quiera y como quiera, y nada caerá de lo que él ha establecido. Todo está delante de él y nada escapa a su voluntad. «Los cielos narran la gloria de Dios y la obra de sus manos anuncia el firmamento. El día al día le confía el mensaje, y la noche a la noche le transmite noticia. No hay lengua ni hay palabras de cuyo sonido no se oiga» (Sal 18, 2-4).
Puesto que, pues, todo está abierto a sus ojos y a sus oídos, rechacemos toda fantasía turbia y evitemos los senderos del mal para merecer el apoyo de su misericordia ante el juicio futuro. ¿Dónde, en efecto, podríamos huir de su mano poderosa? ¿Qué otro mundo podría acoger a uno que es fugitivo de él? Dice, en efecto, la Escritura: ¿Adónde iré y dónde me ocultaré de tu presencia? Si subo al cielo, allí estás tú; si me voy a las extremidades de la tierra, me agarra tu diestra; si me acuesto en el fondo del abismo, allí está tu espíritu (cfr. Sal 138, 7-11).
¿Dónde, pues, retirarse, o dónde huir de él que todo abraza?
Acercámonos, en cambio, a él en la santidad del alma, levantemos a él las manos puras y sin mancha, amemos a nuestro Padre, bueno y misericordioso, que ha hecho de nosotros su herencia.
De la «Carta a los Corintios» de san Clemente I, papa
Tomemos como ejemplo los frutos. ¿Qué es la semilla y cómo se genera? El sembrador salió y esparció sobre la tierra cada una de las semillas. Estas, caídas en la tierra secas y desnudas, se pudren. Luego Dios, grande y providente, las hace resurgir de la misma descomposición, y de una sola semilla saca muchas, y las lleva a la fructificación.
Nuestras almas estén unidas a él con esta esperanza, a él que es fiel en la promesa y justo en los juicios. El que ha prohibido mentir, mucho menos mentirá él mismo. Nada, en efecto, es imposible a Dios, excepto mentir. Hagamos, pues, revivir nuestra fe en él y consideremos cómo todas las cosas están unidas a él.
Con una palabra de su majestad ha establecido todo y con una palabra suya todo puede destruir. ¿Quién podría preguntarle: Qué has hecho? ¿O quién podría oponerse a la potencia de su fuerza? (cfr. Sab 12, 12). Sus obras las hará todas cuando quiera y como quiera, y nada caerá de lo que él ha establecido. Todo está delante de él y nada escapa a su voluntad. «Los cielos narran la gloria de Dios y la obra de sus manos anuncia el firmamento. El día al día le confía el mensaje, y la noche a la noche le transmite noticia. No hay lengua ni hay palabras de cuyo sonido no se oiga» (Sal 18, 2-4).
Puesto que, pues, todo está abierto a sus ojos y a sus oídos, rechacemos toda fantasía turbia y evitemos los senderos del mal para merecer el apoyo de su misericordia ante el juicio futuro. ¿Dónde, en efecto, podríamos huir de su mano poderosa? ¿Qué otro mundo podría acoger a uno que es fugitivo de él? Dice, en efecto, la Escritura: ¿Adónde iré y dónde me ocultaré de tu presencia? Si subo al cielo, allí estás tú; si me voy a las extremidades de la tierra, me agarra tu diestra; si me acuesto en el fondo del abismo, allí está tu espíritu (cfr. Sal 138, 7-11).
¿Dónde, pues, retirarse, o dónde huir de él que todo abraza?
Acercámonos, en cambio, a él en la santidad del alma, levantemos a él las manos puras y sin mancha, amemos a nuestro Padre, bueno y misericordioso, que ha hecho de nosotros su herencia.
De la «Carta a los Corintios» de san Clemente I, papa