Qui dice: «Como a sus ojos te has mostrado santo en medio de nosotros, así a nuestros ojos muéstrate grande entre ellos» (Sir 36, 3) y: Que tus profetas sean hallados piadosos (cf. Sir 36, 15), ¿qué otra cosa dice sino: «Santificado sea tu nombre»?
¿Qué otra cosa dice sino: «Venga tu reino»?, quien dice: «Levántanos, Señor nuestro Dios; haz resplandecer tu rostro y seremos salvos» (Sal 79, 4)?
¿Qué otra cosa dice sino: «Hágase tu voluntad como en el cielo así también en la tierra»?, quien dice: «Firme mis pasos según tu palabra y que no prevalezca sobre mí el mal» (Sal 118, 133)?
¿Qué otra cosa dice sino: «Danos hoy nuestro pan de cada día»?, quien dice: «No me des ni pobreza ni riqueza» (Pro 30, 8)?
¿Qué otra cosa dice sino: «Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores»?, quien dice: «Acuérdate, oh Señor, de David, de todas sus aflicciones» (Sal 131, 1) o: Señor, si así he hecho, si hay iniquidad en mis manos, si he maltratado a los que me hacían mal, sálvame y líbrame (cf. Sal 7, 1-4)?
¿Qué otra cosa dice sino: «Líbranos del mal»?, quien dice: «Líbrame de mis enemigos, mi Dios, protégeme de los agresores» (Sal 58, 2)?
Y si pasas en revista todas las palabras de las santas invocaciones contenidas en la Escritura, no encontrarás nada, a mi parecer, que no esté contenido y comprendido en el Padre nuestro. En la oración, en fin, estamos libres de servirnos de otras palabras, pidiendo las mismas cosas, pero no debemos permitirnos pedir cosas distintas.
Estas cosas debemos pedirlas en nuestras oraciones por nosotros y por nuestros queridos, por los extraños y, sin duda, también por los mismos enemigos, aunque en el corazón de quien ora pueda surgir o prevalecer un sentimiento diferente por una u otra persona, según el grado más o menos estrecho de parentesco o de amistad.
He aquí, pues, a mi modo de pensar, no solo las disposiciones con las que debes orar, sino también qué debes pedir. No porque yo te lo enseñe, sino porque te es dicho por aquel que se ha dignado instruirnos a todos.
Se debe buscar la vida bienaventurada y pedirla al Señor Dios. En qué consiste la bienaventuranza ha sido discutido largamente por muchos con motivos diversos. Pero no es necesario recurrir a tantos autores y a tantas disertaciones. En la Sagrada Escritura ha sido dicho todo con pocas palabras y con plena verdad: «Bienaventurado el pueblo cuyo Dios es el Señor» (Sal 143, 15). Para pertenecer a este pueblo y llegar a contemplar a Dios y vivir eternamente con él, tengamos presente esto: El fin del mandamiento es la caridad que brota de un corazón puro, de una buena conciencia y de una fe sincera (cf. 1 Tm 1, 5).
En la enumeración de estas tres virtudes, en lugar de «conciencia» se encuentra «esperanza».
De modo que la fe, la esperanza y la caridad conducen a Dios a quien ora. Quien cree, espera, desea y considera atentamente qué debe pedir al Señor en la oración dominical, llega ciertamente hasta Dios.
 
 De la «Carta a Proba» de san Agustín, obispo