Las distintas lenguas son las innumerables testimonias sobre Cristo

El que está lleno del Espíritu Santo habla en diversas lenguas. Las diversas lenguas son las distintas testimonias sobre Cristo: así hablamos a los demás de humildad, de pobreza, de paciencia y obediencia, cuando las mostramos presentes en nosotros mismos. La predicación es eficaz, tiene una elocuencia propia, cuando hablan las obras. Cesen, os lo ruego, las palabras, hablen las obras. Por desgracia, somos ricos en palabras y vacíos de obras, y así somos malditos por el Señor, porque él maldijo la higuera, en la que no encontró fruto, sino solo hojas. «Una ley, dice Gregorio, se imponga al predicador: ponga en práctica lo que predica». En vano presume de conocer la ley quien con las obras destruye su doctrina.
Los apóstoles «comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen» (Hch 2, 4). Bienaventurado, pues, quien habla según el dictado de este Espíritu y no según la inclinación de su ánimo. Hay, en efecto, algunos que hablan según su propio espíritu, roban las palabras de los demás y las divulgan como propias. De estos y de sus semejantes dice el Señor a Jeremías: «Por tanto, yo estoy contra los profetas, oráculo del Señor, que toman mis palabras de la boca de otros. Yo estoy contra los profetas que se dejan llevar por las inspiraciones de su espíritu y no por mi boca, que profetizan falsedades y hablan de su propia invención, y así engañan a mi pueblo con sus mentiras y vanaglorias. Yo no los he enviado, ni les he dado orden; no servirán de nada a este pueblo, oráculo del Señor» (Jer 23, 30-32).
Hablemos, pues, según lo que nos es dado por el Espíritu Santo, y supliquemos humildemente que nos infunda su gracia para realizar de nuevo el día de Pentecostés en la perfección de los cinco sentidos y en la observancia del decálogo. Roguémosle que nos colme de un potente espíritu de contrición y que encienda en nosotros las lenguas de fuego para la profesión de la fe, para que, ardientes e iluminados en los esplendores de los santos, merezcamos ver a Dios uno y trino.

Santo Antonio de Padua, sacerdote