Plantadas las cruces, fue maravilloso ver en todos aquella fortaleza a la que les exhortaba tanto el Padre Pasio como el Padre Rodríguez. El Padre comisario se mantuvo siempre de pie, casi sin moverse, con los ojos fijos en el cielo. El hermano Martín cantaba algunos salmos para agradecer la bondad divina, añadiendo el versículo: «En tus manos encomiendo mi espíritu» (Sal 30, 6). También el hermano Francisco Blanco daba gracias a Dios en voz alta. El hermano Gonzalo recitaba en voz muy alta el Padrenuestro y el Ave María.
Nuestro hermano Pablo Miki, al verse elevado al púlpito más honorable que jamás había tenido, declaró en primer lugar a los presentes que era japonés y que pertenecía a la Compañía de Jesús, que moría por haber anunciado el evangelio y que daba gracias a Dios por un beneficio tan precioso. Después añadió: «Llegado a este instante, pienso que ninguno de vosotros crea que quiera callar la verdad. Declaro, pues, a vosotros que no hay otro camino de salvación, sino el seguido por los cristianos. Puesto que esta me enseña a perdonar a los enemigos y a todos los que me han ofendido, yo voluntariamente perdono al emperador y a todos los responsables de mi muerte, y les ruego que se instruyan sobre el bautismo cristiano».
Se dirigió entonces a los compañeros, llegados ya a la extrema batalla, y comenzó a decirles palabras de aliento.
En los rostros de todos aparecía cierta alegría, pero en Luis era particular. A él le gritaba otro cristiano que pronto estaría en el paraíso, y él, con gestos llenos de alegría de los dedos y de todo el cuerpo, atrajo sobre sí las miradas de todos los espectadores.
Antonio, que estaba al lado de Luis, con los ojos fijos en el cielo, después de haber invocado el santísimo nombre de Jesús y de María, entonó el salmo Laudate, pueri, Dominum, que había aprendido en Nagasaki durante la instrucción catequística; en ella, en efecto, se enseñan a los niños algunos salmos para este fin.
Otros, por último, repetían: «¡Jesús! ¡María!», con rostro sereno. Algunos exhortaban también a los circunstantes a una digna vida cristiana; con estos y otros gestos similares demostraban su prontitud frente a la muerte.
Entonces cuatro verdugos comenzaron a sacar de la vaina las espadas en uso entre los japoneses. A la vista de su horrible aspecto, todos los fieles gritaron: «¡Jesús! ¡María!» y, lo que es más, siguió un compasivo lamento de más personas, que subió hasta el cielo. Sus verdugos, con un primer y un segundo golpe, en brevísimo tiempo, los mataron.
De la «Historia del martirio de los santos Pablo Miki y compañeros» escrita por un autor contemporáneo
Nuestro hermano Pablo Miki, al verse elevado al púlpito más honorable que jamás había tenido, declaró en primer lugar a los presentes que era japonés y que pertenecía a la Compañía de Jesús, que moría por haber anunciado el evangelio y que daba gracias a Dios por un beneficio tan precioso. Después añadió: «Llegado a este instante, pienso que ninguno de vosotros crea que quiera callar la verdad. Declaro, pues, a vosotros que no hay otro camino de salvación, sino el seguido por los cristianos. Puesto que esta me enseña a perdonar a los enemigos y a todos los que me han ofendido, yo voluntariamente perdono al emperador y a todos los responsables de mi muerte, y les ruego que se instruyan sobre el bautismo cristiano».
Se dirigió entonces a los compañeros, llegados ya a la extrema batalla, y comenzó a decirles palabras de aliento.
En los rostros de todos aparecía cierta alegría, pero en Luis era particular. A él le gritaba otro cristiano que pronto estaría en el paraíso, y él, con gestos llenos de alegría de los dedos y de todo el cuerpo, atrajo sobre sí las miradas de todos los espectadores.
Antonio, que estaba al lado de Luis, con los ojos fijos en el cielo, después de haber invocado el santísimo nombre de Jesús y de María, entonó el salmo Laudate, pueri, Dominum, que había aprendido en Nagasaki durante la instrucción catequística; en ella, en efecto, se enseñan a los niños algunos salmos para este fin.
Otros, por último, repetían: «¡Jesús! ¡María!», con rostro sereno. Algunos exhortaban también a los circunstantes a una digna vida cristiana; con estos y otros gestos similares demostraban su prontitud frente a la muerte.
Entonces cuatro verdugos comenzaron a sacar de la vaina las espadas en uso entre los japoneses. A la vista de su horrible aspecto, todos los fieles gritaron: «¡Jesús! ¡María!» y, lo que es más, siguió un compasivo lamento de más personas, que subió hasta el cielo. Sus verdugos, con un primer y un segundo golpe, en brevísimo tiempo, los mataron.
De la «Historia del martirio de los santos Pablo Miki y compañeros» escrita por un autor contemporáneo