Andrés, después de haber permanecido con Jesús y haber aprendido todo lo que Jesús le había enseñado, no guardó para sí el tesoro, sino que se apresuró a correr a su hermano para comunicarle la riqueza que había recibido. Escucha bien lo que le dijo: «Hemos encontrado al Mesías (que significa el Cristo)» (Jn 1, 41). Mira de qué manera notifica lo que había aprendido en poco tiempo: por una parte muestra cuánta fuerza de persuasión tenía el Maestro sobre los discípulos, y por la otra revela su interés solícito y diligente acerca de su enseñanza.
La de Andrés es la palabra de uno que esperaba con ansia la venida del Mesías, que aguardaba su descenso del cielo, que se estremeció de alegría cuando lo vio llegar, y que se apresuró a comunicar a los demás la gran noticia.
Diciendo de inmediato al hermano lo que había sabido, muestra cuánto le quería, cómo estaba apegado a sus seres queridos, cuán sinceramente se preocupaba por tenderles la mano en el camino espiritual.
Mira también el ánimo de Pedro, desde el principio dócil y presto a la fe: inmediatamente corre sin preocuparse de nada más. En efecto, dice: «Lo condujo a Jesús» (Jn 1, 42). Nadie, ciertamente, condenará la fácil complacencia de Pedro al acoger la palabra del hermano sin haber examinado antes largamente las cosas. Es probable, en efecto, que el hermano le hubiera narrado los hechos con mayor precisión y más extensamente, mientras los evangelistas compendian cada uno de sus relatos preocupándose por la brevedad. Por otra parte, no se dice tampoco que haya creído sin hacer preguntas, sino que Andrés «lo condujo a Jesús», confiándolo a él para que aprendiera todo directamente de él. Estaba presente también otro discípulo y también él fue guiado de la misma manera.
Si Juan Bautista, diciendo: He aquí el Cordero de Dios, y aún: He aquí el que bautiza en el Espíritu (cf. Jn 1, 29. 33), dejó que un enseñanza más clara sobre esto viniera de Cristo mismo, ciertamente con motivos aún más válidos se comportó así Andrés, no considerándose capaz de dar una explicación completa y exhaustiva. Por lo cual condujo a su hermano a la misma fuente de la luz con tal premura y alegría que no esperó ni un instante.
De las «Homilías sobre el evangelio de Juan» de san Juan Crisóstomo, obispo
La de Andrés es la palabra de uno que esperaba con ansia la venida del Mesías, que aguardaba su descenso del cielo, que se estremeció de alegría cuando lo vio llegar, y que se apresuró a comunicar a los demás la gran noticia.
Diciendo de inmediato al hermano lo que había sabido, muestra cuánto le quería, cómo estaba apegado a sus seres queridos, cuán sinceramente se preocupaba por tenderles la mano en el camino espiritual.
Mira también el ánimo de Pedro, desde el principio dócil y presto a la fe: inmediatamente corre sin preocuparse de nada más. En efecto, dice: «Lo condujo a Jesús» (Jn 1, 42). Nadie, ciertamente, condenará la fácil complacencia de Pedro al acoger la palabra del hermano sin haber examinado antes largamente las cosas. Es probable, en efecto, que el hermano le hubiera narrado los hechos con mayor precisión y más extensamente, mientras los evangelistas compendian cada uno de sus relatos preocupándose por la brevedad. Por otra parte, no se dice tampoco que haya creído sin hacer preguntas, sino que Andrés «lo condujo a Jesús», confiándolo a él para que aprendiera todo directamente de él. Estaba presente también otro discípulo y también él fue guiado de la misma manera.
Si Juan Bautista, diciendo: He aquí el Cordero de Dios, y aún: He aquí el que bautiza en el Espíritu (cf. Jn 1, 29. 33), dejó que un enseñanza más clara sobre esto viniera de Cristo mismo, ciertamente con motivos aún más válidos se comportó así Andrés, no considerándose capaz de dar una explicación completa y exhaustiva. Por lo cual condujo a su hermano a la misma fuente de la luz con tal premura y alegría que no esperó ni un instante.
De las «Homilías sobre el evangelio de Juan» de san Juan Crisóstomo, obispo