Dios abolió los antiguos sacrificios para que la nueva ley de nuestro Señor Jesucristo, libre del yugo de la coacción, tuviera una ofrenda que no es obra de los hombres. Dice en efecto: Cuando vuestros padres salieron de Egipto, ¿les prescribí yo que me ofrecieran holocaustos y sacrificios? Les di en cambio este mandamiento: Ninguno de vosotros guarde rencor en su corazón contra su prójimo, y no améis el falso juramento (cf. Jr 7, 22-23).
Si, pues, no somos insensatos, debemos comprender el sentimiento de bondad de nuestro Padre; él, en efecto, nos habla porque quiere que nosotros, al intentar acercarnos a él, no nos equivoquemos a semejanza de los antiguos hebreos. A nosotros, pues, dice así: Sacrificio para el Señor es un corazón contrito, olor suave para el Señor es el espíritu que glorifica a quien lo ha creado (cf. Sal 50, 19).  
Por eso, hermanos, debemos atender con gran cuidado a nuestra salvación, para que el Maligno no se insinúe en nosotros para seducirnos y hacernos perder el bien de la vida.
El Señor dijo también estas palabras: «No ayunéis más como hacéis hoy, de modo que se oiga en lo alto vuestro alboroto. ¿Es acaso este el ayuno que yo deseo, el día en que el hombre se mortifica?» (Is 58, 4-5). Dios muestra claramente cuál es su voluntad diciendo: He aquí el ayuno que yo deseo: Rompe toda cadena de injusticia, rompe los lazos de los contratos obtenidos con la violencia, deja libres a los oprimidos y remiteles toda deuda, anula toda obligación injusta. Parte tu pan con los hambrientos, y cuando veas a alguien que está desnudo, vístelo, y acoge en tu casa a los que no tienen techo (cf. Is 58, 6-10).
Huyamos, pues, de la vanidad y detestemos absolutamente todo mal y toda conducta mala. No os aisléis, encerrándoos en vosotros mismos, como si ya estuvierais justificados, sino reuníos juntos y buscad lo que es de provecho para todos. En efecto, la Escritura dice: «¡Ay de los que se creen sabios y se reputan inteligentes!» (Is 5, 21).
Volvámonos espirituales, hagámonos templo consagrado a Dios. En lo que de nosotros depende, meditemos en el temor de Dios y esforcémonos por observar sus mandamientos, para encontrar alegría en su ley.
El Señor juzgará al mundo sin hacer acepción de personas (cf. 1 P 1, 17). Cada uno recibirá según lo que haya hecho: si ha sido bueno, su justicia caminará delante de él; si ha sido malo, se encontrará delante la recompensa de su maldad. No suceda que permanezcamos inactivos cuando somos llamados y nos dormimos en nuestros pecados, y así el príncipe del mal adquiera poder sobre nosotros y nos arranque del reino de Dios.
Comprended también esto, hermanos míos: si después de tantos milagros y prodigios hechos por el pueblo elegido ellos fueron abandonados, cuidemos de que no se verifique también en nosotros el dicho: «Muchos son los llamados, pero pocos los elegidos» (Mt 22, 14).

De la Carta, llamada de Bernabé