Puede que tengas que hacerme una pregunta: ¿Por qué el Apóstol dijo: «No sabemos qué conviene pedir»? (Rm 8, 26). No podemos suponer realmente que quien decía esto, o aquellos a quienes se dirigía, no conocieran la oración del Señor.
Y, sin embargo, de esta ignorancia no se mostró exento ni siquiera el Apóstol, aunque quizás supiera orar convenientemente. En efecto, cuando le fue clavada una espina en la carne y un mensajero de Satanás fue encargado de abofetearlo, para que no se ensoberbeciera por la grandeza de las revelaciones, tres veces rogó al Señor que lo librara de la prueba. Y así demostró que en este caso no sabía qué le convenía más pedir. Al final, sin embargo, oyó la respuesta de Dios, que le explicaba por qué no se cumplía lo que un hombre tan santo pedía, y por qué no convenía que lo obtuviera: «Basta con mi gracia: mi poder se manifiesta plenamente en la debilidad» (2 Cor 12, 9).
Por tanto, en las tribulaciones, que pueden ser útiles o perjudiciales, no sabemos lo que nos conviene pedir, y, sin embargo, porque se trata de cosas duras, molestas y contrarias a la inclinación de la naturaleza, siguiendo un deseo común a todos los hombres, oramos para que nos sean quitadas. Pero debemos mostrar que confiamos en el Señor. Si Él no aleja de nosotros las pruebas, no por eso debemos creer que estamos olvidados por Él, sino más bien, con la santa paciencia de los males, debemos esperar bienes mayores. Así, en efecto, «el poder se manifiesta plenamente en la debilidad».
Esto ha sido escrito para que nadie se ensoberbezca si es escuchado cuando pide con impaciencia lo que le sería más útil no obtener. Por otra parte, no se desanime ni desespere de la misericordia divina si no es escuchado cuando pide un bienestar que, a fin de cuentas, podría amargarlo más o llevarlo a la ruina total. En estas cosas, por tanto, no sabemos realmente lo que nos conviene pedir.
Por lo tanto, si ocurre exactamente lo contrario de lo que hemos pedido en la oración, nosotros, soportando con paciencia y dando gracias por cualquier circunstancia, no debemos dudar en absoluto de que era más conveniente para nosotros lo que Dios quiso, que no lo que queríamos nosotros.
Nos da la prueba de ello nuestro divino mediador, el cual, habiendo dicho: «Padre, si es posible, pase de mí esta copa», inmediatamente después, modificando la voluntad humana, que tenía en sí de la humanidad asumida, añadió: «Pero no como quiero yo, sino como quieres tú, oh Padre» (Mt 26, 39). He aquí por qué, justamente, por la obediencia de uno solo, todos son constituidos justos (cf. Rm 5, 19).
Santo Agustín, obispo