La cruz ejerció su fuerza de atracción sobre toda la tierra y lo hizo sirviéndose no de medios humanamente imponentes, sino de la aportación de hombres poco dotados. El discurso de la cruz no está hecho de palabras vacías, sino de Dios, de la verdadera religión, del ideal evangélico en su autenticidad, del juicio futuro. Fue esta doctrina la que cambió a los iletrados en doctos.
De los medios usados por Dios se ve cómo la locura de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres, y cómo su debilidad es más fuerte que la fortaleza humana. ¿En qué sentido más fuerte? En el sentido de que la cruz, a pesar de los hombres, se ha afirmado sobre todo el universo y ha atraído hacia sí a todos los hombres. Muchos han intentado suprimir el nombre del Crucificado, pero han obtenido el efecto contrario. Este nombre floreció cada vez más y se desarrolló con progreso creciente. Los enemigos, en cambio, perecieron y cayeron en ruina. Estaban vivos que hacían la guerra a un muerto, y sin embargo no pudieron vencerlo. Por eso, cuando un pagano dice a un cristiano que está fuera de la vida, dice una locura. Cuando me dice que soy loco por mi fe, me hace persuadirme de que soy mil veces más sabio que él, que se considera sabio. Y cuando me piensa débil, no se da cuenta de que el débil es él. Los filósofos, los reyes y, por así decirlo, todo el mundo, que se pierde en mil asuntos, no pueden ni siquiera imaginar lo que unos publicanos y unos pescadores pudieron hacer con la gracia de Dios. Pensando en este hecho, Pablo exclamaba: «Lo que es debilidad de Dios es más fuerte que los hombres» (1 Cor 1, 25). Esta frase es claramente divina. En efecto, ¿cómo pudo venir a la mente de doce hombres pobres, y además ignorantes, que habían pasado su vida en los lagos y en los ríos, emprender una obra semejante? Quizá nunca habían entrado en una ciudad o en una plaza. Y entonces, ¿cómo podían pensar en enfrentarse a toda la tierra? Que fueran temerosos y pusilánimes lo afirma claramente quien escribió su vida sin disimular nada y sin ocultar sus defectos, lo que constituye la mejor garantía de veracidad de lo que afirma.
Este, pues, cuenta que cuando Cristo fue arrestado después de tantos milagros realizados, todos los apóstoles huyeron y su jefe lo negó. ¿Cómo se explica entonces que todos estos, cuando el Cristo estaba aún con vida, no supieron resistir a unos pocos judíos, mientras que después, yaciendo él muerto y sepultado y, según los incrédulos, no resucitado, y por tanto no en capacidad de hablar, habrían recibido de él tanto valor para plantarse victoriosamente contra el mundo entero? ¿No habrían debido decir más bien: ¿Y ahora? No ha podido salvarse a sí mismo, ¿cómo podrá defendernos? No ha sido capaz de protegerse a sí mismo, ¿cómo podrá tenderme la mano desde la muerte? En vida no logró conquistar ni una sola nación, y nosotros, con su solo nombre, ¿debemos conquistar el mundo? ¿No sería de locos no solo emprender tal empresa, sino ni siquiera pensarlo?
Es evidente, por tanto, que, si no lo hubieran visto resucitado y no hubieran tenido una prueba irrefutable de su poder, no se habrían expuesto a tanto riesgo. 

San Juan Crisóstomo, obispo
De las «Homilías sobre la primera carta a los Corintios»