La Iglesia en el mundo, fundada en el martirio de tantos testigos de la fe

Estos Mártires Africanos añaden al libro de los vencedores, que es el Martirologio, una página trágica y magnífica, verdaderamente digna de sumarse a aquellas maravillosas de la África antigua, que nosotros, los modernos, hombres de poca fe, pensábamos que no podrían tener jamás un digno sucesor. ¿Quién podía suponer, por ejemplo, que a las conmovedoras historias de los Mártires de Scillitum, de los Mártires de Cartago, de los Mártires de la «Masa candida» de Utica, de las cuales san Agustín y Prudencio nos han dejado memoria, de los Mártires de Egipto, de los cuales conservamos el elogio de san Juan Crisóstomo, de los Mártires de la persecución vándala, se habrían añadido nuevas historias no menos heroicas, no menos fulgurantes, en nuestros tiempos? ¿Quién podía prever que a las grandes figuras históricas de los Santos Mártires y Confesores Africanos, como Cipriano, Felicidad y Perpetua y el sumo Agustín, asociaríamos un día los queridos nombres de Carlos Lwanga y de Matías Mulumba Kalemba, con sus veinte compañeros? Y no queremos olvidar tampoco a los otros que, perteneciendo a la confesión anglicana, enfrentaron la muerte por el nombre de Cristo.

Estos Mártires Africanos abren una nueva época; ¡oh! no queremos pensar en persecuciones y en conflictos religiosos, sino en regeneración cristiana y civil. África, bañada por la sangre de estos Mártires, primeros de la nueva era (¡oh, Dios quiera que sean los últimos, tanto su holocausto es grande y precioso!), resurge libre y redimida. La tragedia que los ha devorado es tan inaudita y expresiva, que ofrece elementos representativos suficientes para la formación moral de un pueblo nuevo, para la fundación de una nueva tradición espiritual, para simbolizar y promover el tránsito de una civilización primitiva, no carente de excelentes valores humanos, pero contaminada, enferma y casi esclava de sí misma, a una civilización abierta a las expresiones superiores del espíritu y a las formas superiores de la sociedad.

De la «Homilía para la canonización de los mártires de Uganda» de Pablo VI, papa