El hombre y la mujer, que por el pacto de amor conyugal «ya no son dos, sino una sola carne» (Mt 19, 6), prestándose un mutuo auxilio y servicio con la íntima unión de las personas y de las actividades, experimentan el sentido de su propia unidad y la alcanzan cada vez más plenamente.
Esta íntima unión, en cuanto mutua donación de dos personas, así como el bien de los hijos, exigen la plena fidelidad de los cónyuges y reclaman su indisoluble unidad.
Cristo Señor ha derramado la abundancia de sus bendiciones sobre este amor multiforme, brotado de la fuente de la divina caridad y estructurado sobre el modelo de su unión con la Iglesia.
En efecto, como en otro tiempo Dios se acercó a su pueblo con un pacto de amor y fidelidad, así ahora el Salvador de los hombres y Esposo de la Iglesia se acerca a los cónyuges cristianos a través del sacramento del matrimonio. Además, permanece con ellos para que, como él mismo amó a la Iglesia y se entregó por ella, así también los cónyuges puedan amarse el uno al otro fielmente, para siempre, con mutua dedicación.
El auténtico amor conyugal es asumido en el amor divino y es sostenido y enriquecido por la fuerza redentora de Cristo y por la acción salvífica de la Iglesia, para que los cónyuges, de manera eficaz, sean conducidos a Dios y sean ayudados y fortalecidos en la sublime misión de padre y madre.
Por esta razón, los cónyuges cristianos son corroborados y, como consagrados, por un sacramento especial para los deberes y la dignidad de su estado. Y ellos, cumpliendo en virtud de tal sacramento su deber conyugal y familiar, penetrados por el espíritu de Cristo, por medio del cual toda su vida está impregnada de fe, esperanza y caridad, tienden a alcanzar cada vez más su propia perfección y la mutua santificación, y por ello participan juntos en la glorificación de Dios.
En consecuencia, prevenidos por el ejemplo de los padres y por la oración en familia, los hijos, y más aún todos aquellos que conviven en el ámbito familiar, encontrarán más fácilmente el camino de la formación humana, de la salvación y de la santidad. En cuanto a los esposos, investidos de la dignidad y responsabilidad de padre y madre, cumplirán diligentemente el deber de la educación, sobre todo religiosa, que les corresponde antes que a nadie.
Los hijos, como miembros vivos de la familia, contribuyen también a su manera a la santificación de los padres. Responderán, en efecto, a los beneficios recibidos de los padres con afecto agradecido, con devoción y confianza; y estarán cerca de ellos, como corresponde a los hijos, en las adversidades y en la soledad de la vejez.
De la Constitución pastoral «Gaudium et spes» del Concilio ecuménico Vaticano II sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo