Constataremos que la gracia tiene mayor eficacia que la naturaleza, pero la gracia de la bendición profética es aún superior. Si la palabra del profeta, es decir, de un hombre, tuvo tanta fuerza para cambiar la naturaleza, ¿qué diremos de la bendición hecha por Dios mismo, donde actúan las mismas palabras del Señor y Salvador? Porque este sacramento que recibes se cumple con la palabra de Cristo. Si la palabra de Elías tuvo tanta potencia para hacer descender el fuego del cielo, ¿no será capaz la palabra de Cristo de cambiar la naturaleza de los elementos? Con respecto a las criaturas de todo el universo, tú has dicho: «Él habla y todo es hecho, manda y todo existe» (Sal 32, 9). La palabra de Cristo, pues, que ha podido crear de la nada lo que no existía, ¿no puede cambiar las cosas que son en aquello que no eran? En efecto, no es menos difícil dar existencia a las cosas que cambiarlas en otras.
¿Pero por qué valernos de argumentos? Valgámonos de sus ejemplos y probemos la verdad del misterio con el mismo misterio de la encarnación. ¿Acaso se siguió el curso ordinario de la naturaleza cuando Jesús Señor nació de María? Si buscamos el orden de la naturaleza, la mujer suele engendrar de la unión con el hombre. Es claro, pues, que la Virgen engendró fuera del orden de la naturaleza. Y bien, aquello que nosotros representamos es el cuerpo nacido de la Virgen. ¿Por qué buscas aquí el curso de la naturaleza en el cuerpo de Cristo, cuando el mismo Señor Jesús Cristo fue engendrado de la Virgen fuera del curso de la naturaleza? Es la verdadera carne de Cristo la que fue crucificada, la que fue sepultada. Es, pues, verdaderamente el sacramento de su carne.
El mismo Señor Jesús proclama: «Este es mi cuerpo». Antes de la bendición de las palabras celestiales, la palabra indica un elemento particular. Después de la consagración, ya designa el cuerpo y la sangre de Cristo. Él mismo lo llama su sangre. Antes de la consagración se lo llama con otro nombre. Después de la consagración se dice sangre. Y tú dices: «Amén», es decir, «Así sea». Lo que pronuncia la boca, lo afirma el espíritu. Lo que enuncia la palabra, lo sienta el corazón.
También la Iglesia, viendo una gracia tan grande, exhorta a sus hijos, exhorta a sus íntimos a acudir a los sacramentos diciendo: «Comed, amigos, bebed; embriagaos, oh queridos» (Ct 5, 1). Aquello, pues, que comemos, aquello que bebemos, el Espíritu Santo te lo ha especificado en otro lugar por medio del Profeta diciendo: «Gustad y ved cuán bueno es el Señor; dichoso el hombre que en él se refugia» (Sal 33, 9). En aquel sacramento está Cristo, porque es el cuerpo de Cristo. No es, pues, un alimento corporal, sino un alimento espiritual. Por lo cual también el Apóstol de su figura dice: «Nuestros padres todos comieron el mismo alimento espiritual» (1 Cor 10, 3). En efecto, el cuerpo de Dios es un cuerpo espiritual, el cuerpo de Cristo es el cuerpo del espíritu divino, porque Cristo es espíritu, como leemos: Cristo Señor es espíritu delante de nuestro rostro (cfr. Lam 4, 20 según los LXX). Este alimento fortalece nuestro corazón y esta bebida «alegra el corazón del hombre» (Sal 103, 15), como recordó el profeta.
Del tratado «Sobre los misterios» de San Ambrosio, obispo
¿Pero por qué valernos de argumentos? Valgámonos de sus ejemplos y probemos la verdad del misterio con el mismo misterio de la encarnación. ¿Acaso se siguió el curso ordinario de la naturaleza cuando Jesús Señor nació de María? Si buscamos el orden de la naturaleza, la mujer suele engendrar de la unión con el hombre. Es claro, pues, que la Virgen engendró fuera del orden de la naturaleza. Y bien, aquello que nosotros representamos es el cuerpo nacido de la Virgen. ¿Por qué buscas aquí el curso de la naturaleza en el cuerpo de Cristo, cuando el mismo Señor Jesús Cristo fue engendrado de la Virgen fuera del curso de la naturaleza? Es la verdadera carne de Cristo la que fue crucificada, la que fue sepultada. Es, pues, verdaderamente el sacramento de su carne.
El mismo Señor Jesús proclama: «Este es mi cuerpo». Antes de la bendición de las palabras celestiales, la palabra indica un elemento particular. Después de la consagración, ya designa el cuerpo y la sangre de Cristo. Él mismo lo llama su sangre. Antes de la consagración se lo llama con otro nombre. Después de la consagración se dice sangre. Y tú dices: «Amén», es decir, «Así sea». Lo que pronuncia la boca, lo afirma el espíritu. Lo que enuncia la palabra, lo sienta el corazón.
También la Iglesia, viendo una gracia tan grande, exhorta a sus hijos, exhorta a sus íntimos a acudir a los sacramentos diciendo: «Comed, amigos, bebed; embriagaos, oh queridos» (Ct 5, 1). Aquello, pues, que comemos, aquello que bebemos, el Espíritu Santo te lo ha especificado en otro lugar por medio del Profeta diciendo: «Gustad y ved cuán bueno es el Señor; dichoso el hombre que en él se refugia» (Sal 33, 9). En aquel sacramento está Cristo, porque es el cuerpo de Cristo. No es, pues, un alimento corporal, sino un alimento espiritual. Por lo cual también el Apóstol de su figura dice: «Nuestros padres todos comieron el mismo alimento espiritual» (1 Cor 10, 3). En efecto, el cuerpo de Dios es un cuerpo espiritual, el cuerpo de Cristo es el cuerpo del espíritu divino, porque Cristo es espíritu, como leemos: Cristo Señor es espíritu delante de nuestro rostro (cfr. Lam 4, 20 según los LXX). Este alimento fortalece nuestro corazón y esta bebida «alegra el corazón del hombre» (Sal 103, 15), como recordó el profeta.
Del tratado «Sobre los misterios» de San Ambrosio, obispo