No me ahorro a mí mismo al hablar de Cristo «Hijo del hombre, te he puesto como centinela sobre la casa de Israel» (Ez 3, 16). Cabe notar que cuando el Señor envía a alguien a predicar, lo llama con el nombre de centinela. El centinela, en efecto, está siempre en un lugar elevado, para poder avistar desde lejos cualquier cosa que esté por suceder. Quienquiera que sea puesto como centinela del pueblo debe estar en alto con su vida, para poder ser útil con su previsión.

¡Cómo me suenan duras estas palabras que digo! Así hablando, me hiero a mí mismo, pues ni mi lengua ejerce como conviene la predicación, ni mi vida sigue a la lengua, incluso cuando esta hace lo que puede.

Ahora bien, no niego ser culpable, y veo mi lentitud y negligencia. Quizá el mismo reconocimiento de mi culpa me obtendrá perdón ante el juez piadoso.
Ciertamente, cuando me encontraba en el monastero era capaz de contener la lengua de las palabras inútiles, y de mantener ocupada la mente en un estado casi continuo de profunda oración. Pero desde que he sometido los hombros al peso del oficio pastoral, el ánimo ya no puede recogerse con asiduidad en sí mismo, porque está dividido entre muchos asuntos.

Estoy obligado a tratar ahora las cuestiones de las iglesias, ahora de los monasterios, a menudo a examinar la vida y las acciones de los individuos; ahora a interesarme por asuntos privados de los ciudadanos; ahora a gemir bajo las espadas irrompientes de los bárbaros y a temer a los lobos que acechan al rebaño que me ha sido confiado.
Ahora debo preocuparme por cosas materiales, para que no falten los auxilios oportunos a todos aquellos a quienes la regla de la disciplina tiene vinculados. A veces debo soportar con ánimo imperturbable a ciertos saqueadores, otras veces enfrentarlos, procurando no obstante conservar la caridad.
Cuando, pues, la mente dividida y desgarrada se lleva a considerar una masa tan grande y tan vasta de cuestiones, ¿cómo podría volver en sí, para dedicarse toda a la predicación y no alejarse del ministerio de la palabra?

Puesto que luego por necesidad de oficio debo tratar con hombres del mundo, a veces no cuido de mantener a raya la lengua. Si en efecto me mantengo en el constante rigor de la vigilancia sobre mí mismo, sé que los más débiles me escapan y nunca lograré llevarlos a donde yo deseo. Por esto sucede que muchas veces me quedo escuchando pacientemente sus palabras inútiles. Y puesto que yo también soy débil, arrastrado un poco en discursos vanos, termino por hablar gustosamente de aquello que había comenzado a escuchar a regañadientes, y de estarme gustosamente yaciendo donde me dolía caer.

¿Qué clase de centinela soy, pues, yo, que en vez de estar en la montaña trabajando, yace todavía en el valle de la debilidad?

Pero el creador y redentor del género humano tiene la capacidad de donarme a mí indigno la elevación de la vida y la eficacia de la lengua, para que, por su amor, no me ahorre a mí mismo al hablar de él.

San Gregorio Magno, papa