El don fundamental, concedido por el Espíritu Santo para la vida sobrenatural, es la fe. Sobre este don insiste mucho el autor de la Carta a los Hebreos, escribiendo a los cristianos tribulados por las persecuciones: «La fe es fundamento de las cosas que se esperan y prueba (o convicción) de las que no se ven» (Heb 11, 1). Se sabe que en ese texto de la Carta a los Hebreos se ha leído una especie de definición teológica de la fe, que, como explica san Tomás, citándolo, no tiene como objeto las realidades vistas con el intelecto o experimentadas con los sentidos, sino la trascendente verdad de Dios («Veritas Prima»), a nosotros propuesta en la revelación (cf. san Tomás, Summa theologiae, II-II, q. 1, a. 4 y a. 1).
Para dar ánimo a los cristianos, el autor de la Carta trae el ejemplo de los creyentes del Antiguo Testamento, casi resumiendo la agiografía del libro del Eclesiástico (Sir 44-50), para decir que todos ellos se movieron hacia lo Invisible porque estaban sostenidos por la fe. Son diecisiete ejemplos, los que se reportan en la Carta: «Por fe Abel... Por fe Noé... Por fe Abraham... Por fe Moisés...». Y nosotros podemos añadir: - Por fe María... Por fe José... Por fe Simeón y Ana... Por fe los Apóstoles, los Mártires, los Confesores, las Vírgenes; y los Obispos, los Presbíteros, los Religiosos y los laicos de todos los siglos cristianos... Por fe la Iglesia ha caminado por los siglos y camina hoy hacia lo Invisible, bajo el soplo y la guía del Espíritu Santo.

La virtud sobrenatural de la fe puede asumir una forma carismática, como don extraordinario reservado a algunos solamente (cf. 1 Cor 12, 9). Pero en sí misma es una virtud, que el Espíritu ofrece a todos. Como tal, por tanto, no es un carisma, es decir, uno de los dones especiales que el Espíritu «distribuye a cada uno como quiere» (1 Cor 12, 11; cf. Rm 12, 6); sino que es uno de los dones espirituales necesarios a todos los cristianos, entre los cuales el supremo es la caridad: «Tres cosas permanecen, escribe él: la fe, la esperanza y la caridad; pero de todas la mayor es la caridad» (1 Cor 13, 13).
Permanece firme que la fe, según la doctrina de san Pablo, siendo una virtud, es ante todo un don: «A vosotros os ha sido dada la gracia... de creer en Cristo...» (Flp 1, 29); y es suscitada en el alma por el Espíritu Santo (cf. 1 Cor 12, 3). Es, de hecho, una virtud en cuanto es un don «espiritual», don del Espíritu Santo que hace al hombre capaz de creer. Lo es desde su primer inicio, como definió el Concilio de Orange (529), afirmando: «También el inicio de la fe, y aun la misma disposición a creer... está en nosotros en virtud de un don de la gracia, es decir, de la inspiración del Espíritu Santo, el cual lleva nuestra voluntad de la incredulidad a la fe» (Conc. Arausensis, can. 5: Denz.-S. 375). Tal don tiene un valor definitivo, como dice san Pablo: «permanece». Y está destinado a influir en toda la vida del hombre, hasta la hora de la muerte, cuando la fe encuentra su maduración con el paso a la visión beatífica.

La referencia de la fe al Espíritu Santo es afirmada por san Pablo en su Carta a los Corintios, a quienes recuerda que su acceso al Evangelio ha tenido lugar mediante la predicación en la que operaba el Espíritu: «Mi palabra y mi mensaje (es decir, la predicación de Pablo) no se basaron en discursos persuasivos de sabiduría, sino en la manifestación del Espíritu y de su poder» (1 Cor 2, 4). El Apóstol no se refiere solo a los milagros que acompañaron su predicación (cf. 2 Cor 12, 12), sino también a las otras efusiones y manifestaciones del Espíritu Santo que Jesús había prometido antes de la Ascensión (cf. Hch 1, 8). A Pablo el Espíritu le dio, de modo particular en su predicación, de no saber otra cosa en medio de los Corintios «sino a Jesucristo y este crucificado» (1 Cor 2, 2). El Espíritu Santo impulsó a Pablo a proponer a Cristo como objeto esencial de la fe, según el principio enunciado por Jesús en el discurso del Cenáculo: «Él me glorificará» (Jn 16, 14). El Espíritu Santo es, pues, el inspirador de la predicación apostólica. Lo dice claramente san Pedro en su carta: los apóstoles «han predicado el Evangelio en el Espíritu Santo enviado del cielo» (1 Pt 1, 12).
El Espíritu Santo es también Aquel que la confirma, como nos atestiguan los Hechos de los Apóstoles acerca de la predicación de Pedro a Cornelio y a sus compañeros: «El Espíritu Santo descendió sobre todos los que escuchaban el discurso» (Hch 10, 44). Y Pedro se apela a esta confirmación como a aprobación de su obrar en cuanto a la admisión de los no israelitas en la Iglesia. El propio Espíritu suscitó en aquellos paganos el acogimiento de la predicación y los introdujo en la fe de la comunidad cristiana. Es aún Él quien - como en Pablo, así en Pedro - hace poner a Jesucristo en el centro de la predicación. Pedro declara sintéticamente: «Dio consagró en Espíritu Santo y poder a Jesús de Nazaret... y nosotros somos testigos de todas las cosas por él hechas...» (Hch 10, 38-39). Jesucristo viene propuesto como Aquel que, consagrado en el Espíritu, requiere la fe.

El Espíritu Santo anima la profesión de la fe en Cristo. Según san Pablo, antes y por encima de todos los particulares «carismas», está el acto de fe, del cual él dice: «Nadie puede decir: Jesús es Señor, si no bajo la acción del Espíritu Santo» (1 Cor 12, 3). El reconocimiento de Cristo, y por tanto la seguimiento de Él, el testimonio en su favor es obra del Espíritu Santo. Esta doctrina se encuentra en el Concilio de Orange, que hemos citado, y en el Concilio Vaticano I (1869-1870), según el cual nadie puede adherirse a la predicación evangélica «sin la iluminación y la inspiración del Espíritu Santo que da a todos la docilidad en el consentir y en creer a la verdad» (Concilio Vaticano I, Dei Filius, 3: Denz.-S. 3010).
San Tomás, citando el Concilio de Orange, explica que la fe desde su primer inicio es don de Dios (cf. Ef 2, 8-9), porque «el hombre, en dar el asentimiento a las verdades de fe, es elevado por encima de su naturaleza... y esto no puede acontecer sino en virtud de un principio sobrenatural que lo mueve desde el interior, es decir, Dios. Por eso la fe viene de Dios que opera interiormente por medio de la gracia» (san Tomás, Summa theologiae, II-II, q. 6, a. 1).

Después del inicio de la fe, todo su posterior desarrollo acontece bajo la acción del Espíritu Santo. Especialmente el continuo profundizar de la fe, que lleva a conocer cada vez mejor las verdades creídas, es obra del Espíritu Santo, que da al alma un agudo siempre nuevo para penetrar el misterio (cf. Ibídem, q. 8, aa. 1 y 5). Lo escribe san Pablo a propósito de la «sabiduría que no es de este mundo», concedida a aquellos que caminan por el camino de la conformidad a las exigencias del Evangelio. Citando algunos textos del Antiguo Testamento (cf. Is 64, 3; Jr 3, 16; Sir 1, 8), él quiere mostrar que la revelación recibida por él y por los Corintios supera incluso las más altas aspiraciones humanas: «Aquellas cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni jamás entraron en corazón de hombre, estas ha preparado Dios para los que lo aman. Pero a nosotros Dios las ha revelado por medio del Espíritu: el Espíritu, en efecto, escudriña todo, también las profundidades de Dios» (1 Cor 2, 9-10). «No hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu de Dios, para conocer todo lo que Dios nos ha donado» (1 Cor 2, 12). Por eso entre los maduros en la fe, «hablamos de sabiduría» (1 Cor 2, 6), bajo la acción del Espíritu Santo que lleva a un descubrimiento siempre nuevo de las verdades contenidas en el misterio de Dios.

La fe requiere una vida conforme a la verdad reconocida y profesada. Según san Pablo ella «opera por medio de la caridad» (Gal 5, 6). San Tomás, refiriéndose a este texto paulino, explica que «la caridad es la forma de la fe» (San Tomás, Summa theologiae, II-II, q. 4, a. 3): es decir, el principio vital, animador, vivificante. De él depende que la fe sea una virtud (Ibídem, a. 5) y dure en la creciente adhesión a Dios y en las aplicaciones al comportamiento y a las relaciones humanas, bajo la guía del Espíritu.
Nos lo recuerda el Concilio Vaticano II, que escribe: «Por ese sentido de la fe, que es suscitado y sostenido por el Espíritu de verdad, el Pueblo de Dios, bajo la guía del sagrado magisterio... se adhiere indefectiblemente a la fe... con recto juicio penetra en ella más a fondo y más ampliamente la aplica a la vida» (Lumen gentium, 12). Se comprende, por tanto, la exhortación de san Pablo: «Caminad según el Espíritu» (Gal 5, 16). Se comprende la necesidad de la oración al Espíritu Santo para que nos dé la gracia del conocimiento pero también de la conformidad de la vida a la verdad conocida. Así en el himno «Veni, Creator Spiritus» le pedimos, de una parte: «Per te sciamus da Patrem»... «Tú al Padre hace conocer/ y el Hijo aún tú muéstranos...»; pero invocamos también, de la otra: «Infunde lumen sensibus»... «Nuestros sentidos ilumina, / de amor los corazones penetra, / fortalece los cuerpos débiles, / con tu potente ímpetu. / Las fuerzas hostiles disipa, / dona la paz al alma; / con Ti por guía, o Espíritu, / escapamos de los peligros». Y en la Secuencia de Pentecostés le confesamos: «Sin tu fuerza, / nada es en el hombre, / nada sin culpa»; para luego pedirle: «Lava lo que es sordo, / riega lo que es árido, / sana lo que sangra. / Dobla lo que es rígido, / calienta lo que es gélido, / endereza lo que está extraviado...». En la fe nosotros ponemos bajo la virtud operante del Espíritu Santo toda nuestra vida.

JUAN PABLO II - papa - audiencia general Miércoles, 8 de mayo de 1991