¿Qué has visto en el baptisterio? Ciertamente el agua, pero no solo ella: allí estaban los levitas que servían y el sumo sacerdote que interrogaba y consagraba. Antes que nada, el Apóstol te enseñó que no debemos «fijar la mirada en las cosas visibles, sino en las invisibles, porque las cosas visibles son transitorias, mientras que las invisibles son eternas» (2 Cor 4, 18). Y en otro lugar lees que «desde la creación del mundo, las perfecciones invisibles de Dios pueden ser contempladas con la inteligencia en las obras por él realizadas, como su eterna potencia y divinidad» (Rm 1, 20) es reconocida a través de sus obras. Por eso el mismo Señor dice: «Aunque no queráis creerme, creed al menos en las obras» (Jn 10, 38). Cree, pues, que allí está la presencia de la divinidad. ¿Acaso creerías en su acción y no en su presencia? ¿Cómo podría seguirse su acción si no precediera antes su presencia?
Considera, además, cómo este misterio es antiguo y prefigurado desde el origen mismo del mundo. Al principio, cuando Dios hizo el cielo y la tierra, «el Espíritu», dice el texto, «se cernía sobre las aguas» (Gn 1, 2). ¿Acaso no actuaba aquel que se cernía? Reconoce que estaba en acción cuando se construía el mundo, mientras el profeta te dice: «Por la palabra del Señor fueron hechos los cielos, y por el aliento de su boca todo su ejército» (Sal 32, 6). Sobre el testimonio profético se apoyan ambas cosas: que se cernía y que operaba. Que se cernía lo dice Moisés, que operaba lo atestigua David.
He aquí otro testimonio. Todo hombre estaba corrompido a causa de sus pecados. Y añade: «Mi espíritu no permanecerá siempre en el hombre, porque él es carne» (Gn 6, 3). Con esto Dios demuestra que con la inmundicia de la carne y con la mancha de una culpa muy grave la gracia espiritual se aleja. Así Dios, queriendo restablecer lo que había dado, hizo venir el diluvio y mandó a Noé, justo, que subiera al arca. Cessando el diluvio, primero mandó salir al cuervo, en segundo tiempo hizo salir a la paloma, la cual, según se lee, volvió con una rama de olivo. Tú ves el agua, tú ves el arca, tú observas la paloma, y ¿dudas del misterio?
El agua es aquella en la que es sumergida la carne para que sea lavado todo su pecado. En ella es sepultada toda vergüenza. La madera es aquella a la que fue fijado el Señor Jesús cuando padecía por nosotros. La paloma es aquella en cuya figura descendió el Espíritu Santo, como has aprendido en el Nuevo Testamento: el Espíritu Santo que te inspira paz en el alma y tranquilidad a la mente.

Del tratado "Sobre los misterios" de san Ambrosio, obispo