Una sola Iglesia unida en el Espíritu Santo
Según san Pablo, los que comulgamos con la santa humanidad del Cristo, venimos a formar un solo cuerpo con él. Presenta así este misterio de amor: «No fue manifestado a los hombres de las generaciones anteriores, como ahora ha sido revelado a sus santos apóstoles y profetas por medio del Espíritu: que los gentiles, es decir, son llamados en Cristo Jesús a participar de la misma herencia, a formar el mismo cuerpo y a ser partícipes de la promesa» (Ef 3, 5-6). Si todos nosotros somos miembros del mismo cuerpo en Cristo, y no solo entre nosotros, sino también con aquel que está en nosotros por medio de su carne, es evidente que todos somos una sola cosa, tanto entre nosotros como en Cristo. Cristo, en efecto, es vínculo de unidad, siendo él al mismo tiempo Dios y hombre.
En cuanto a la unión espiritual, siguiendo el mismo razonamiento, diremos también que nosotros todos, habiendo recibido un único y mismo Espíritu Santo, estamos, de cierto modo, unidos tanto entre nosotros como con Dios. En efecto, aunque, considerados por separado, somos muchos, y en cada uno de nosotros Cristo haga habitar el Espíritu del Padre y suyo, sin embargo, único e indivisible es el Espíritu. Él, con su presencia y su acción, reúne en la unidad espíritus que entre sí son distintos y separados. Él hace de todos en sí mismo una única y misma cosa.
La potencia de la santa humanidad del Cristo hace concorpóreos a aquellos en los cuales se encuentra. Del mismo modo, creo, el único e indivisible Espíritu de Dios que habita en todos, conduce a todos a la unidad espiritual.
Por eso, también san Pablo nos exhorta: Soportaos unos a otros con amor, procurad conservar la unidad del Espíritu por medio del vínculo de la paz. Un solo cuerpo, un solo Espíritu, como una sola es la esperanza a la cual habéis sido llamados, la de vuestra vocación; un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo. Un solo Dios Padre de todos, que está por encima de todos, actúa por medio de todos, y está presente en todos (cf. Ef 4, 2-6). En efecto, habiendo en nosotros un único Espíritu, habrá en nosotros un único Padre de todos, Dios, por medio del Hijo. El Espíritu Santo reconduce a la unidad con él y a la unidad recíproca entre sí a todos aquellos que participan de él. Y todos nosotros, evidentemente, somos partícipes del Espíritu. En efecto, hemos dejado la vida animal y obedecemos a las leyes del Espíritu. De este modo abandonamos nuestra vida, nos unimos al Espíritu Santo, adquirimos una conformidad celestial con él y venimos a ser transformados, de cierto modo, en otra naturaleza. Por eso somos llamados ya no solo hombres, sino también hijos de Dios y hombres celestiales. Es decir, somos hechos partícipes de la naturaleza divina.
Todos somos una sola cosa en el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo: una sola cosa digo, por la identidad de la condición, la cohesión en la caridad, la comunión con la santa carne de Cristo y la participación del único Espíritu Santo.
San Cirilo de Alejandría, obispo