El martirio de los santos apóstoles Pedro y Pablo ha santificado para nosotros este día. No hablamos de mártires poco conocidos; de hecho, «por toda la tierra se ha extendido su voz, y hasta los confines del mundo su palabra» (Sal 18, 5). Estos mártires han visto lo que predicaron. Han seguido la justicia. Han testimoniado la verdad y han muerto por ella.
El beato Pedro, el primero de los apóstoles, dotado de un ardiente amor hacia Cristo, tuvo la gracia de oírle decir: «Y yo te digo: Tú eres Pedro» (Mt 16, 18). Y anteriormente Pedro se había dirigido a Jesús diciendo: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente» (Mt 16, 16). Y Jesús había afirmado en respuesta: «Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16,18). Sobre esta piedra estableceré la fe que tú profesas. Fundaré mi Iglesia sobre tu afirmación: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente». Tú, en efecto, eres Pedro. Pedro deriva de piedra, y no piedra de Pedro. Pedro deriva de piedra, como cristiano de Cristo.
El Señor Jesús, como ya sabéis, eligió antes de la pasión a sus discípulos, a quienes llamó apóstoles. Entre ellos, solamente Pedro recibió el encargo de representar casi en todos los lugares a la Iglesia entera. Y fue en virtud de esta personificación de toda la Iglesia que mereció oír de Cristo: «A ti daré las llaves del reino de los cielos» (Mt 16, 19). Pero estas llaves las recibió no un solo hombre, sino la Iglesia entera. De este hecho deriva la grandeza de Pedro, porque él es la personificación de la universalidad y de la unidad de la Iglesia. «A ti daré» lo que ha sido confiado a todos. Es lo que quiere decir Cristo. Y para que sepáis que ha sido la Iglesia quien recibió las llaves del reino de los cielos, prestad atención a lo que el Señor dice en otra circunstancia: «Recibid el Espíritu Santo» y añade inmediatamente: «A quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados, y a quienes los retengáis, les serán retenidos» (Jn 20, 22-23).
Con razón, también después de la resurrección, el Señor confió al mismo Pedro la tarea de apacentar su rebaño. Y esto no porque él solo, entre los discípulos, mereciera tal encargo, sino porque cuando Cristo se dirige a uno quiere expresar la unidad. Se dirige en primer lugar a Pedro, porque Pedro es el primero de los apóstoles.
No te entristezcas, oh apóstol. Responde una primera, una segunda, una tercera vez. Que la testimonio venza tres veces en el amor, como la presunción fue vencida tres veces por el temor. Debe ser desatado tres veces lo que ataste tres veces. Desata por medio del amor lo que habías atado por temor.
Y así el Señor una primera, una segunda, una tercera vez confió sus ovejas a Pedro.
Un solo día está consagrado a la fiesta de los dos apóstoles. Pero ellos también eran una sola cosa. Aunque fueron martirizados en días distintos, eran una sola cosa. Pedro precedió, Pablo siguió. Celebremos, por tanto, este día de fiesta, consagrado para nosotros por la sangre de los apóstoles. Amemos su fe, su vida, sus fatigas, sus sufrimientos, sus testimonios y su predicación.
San Agustín, obispo