Muchas cosas fueron predichas por los profetas acerca del misterio de la Pascua, que es Cristo, «al cual sea gloria por los siglos de los siglos. Amén» (Gal 1, 5, etc.). Él descendió de los cielos a la tierra por la humanidad que sufre; se revistió de nuestra humanidad en el seno de la Virgen y nació como hombre. Asumió sobre sí los sufrimientos del hombre que sufre a través del cuerpo sujeto al sufrimiento, y destruyó las pasiones de la carne. Con el Espíritu inmortal destruyó la muerte homicida.
Él fue conducido y muerto por sus verdugos como un cordero, nos liberó del modo de vivir del mundo como de Egipto, y nos salvó de la esclavitud del demonio como de la mano del Faraón. Marcó nuestras almas con su propio Espíritu y los miembros de nuestro cuerpo con su sangre.
Él es quien cubrió de confusión a la muerte y sumió en llanto al diablo, como Moisés al faraón. Él es quien golpeó la iniquidad y la injusticia, como Moisés condenó a la esterilidad a Egipto.
Él es quien nos sacó de la esclavitud a la libertad, de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida, de la tiranía al reino eterno. Hizo de nosotros un sacerdocio nuevo y un pueblo elegido para siempre. Él es la Pascua de nuestra salvación.
Él es quien asumió sobre sí los sufrimientos de todos. Él es quien fue muerto en Abel, y en Isaac fue atado a los pies. Peregrinó en Jacob, y en José fue vendido. Fue expuesto sobre las aguas en Moisés, y en el cordero fue degollado.
Fue perseguido en David y en los profetas fue deshonrado.
Él es quien se encarnó en el seno de la Virgen, fue colgado en la cruz, fue sepultado en la tierra y, resucitando de entre los muertos, subió a las alturas de los cielos. Él es el cordero que no abre la boca, él es el cordero inmolado, él es nacido de María, cordera sin mancha. Fue tomado del rebaño, conducido al sacrificio, inmolado hacia la tarde, sepultado en la noche. En la cruz no le fue quebrado hueso y bajo tierra no fue sujeto a la corrupción.
Él resucitó de entre los muertos y resucitó a la humanidad desde lo profundo del sepulcro.
De la «Homilía sobre la Pascua» de Melitón de Sardes, obispo
Él fue conducido y muerto por sus verdugos como un cordero, nos liberó del modo de vivir del mundo como de Egipto, y nos salvó de la esclavitud del demonio como de la mano del Faraón. Marcó nuestras almas con su propio Espíritu y los miembros de nuestro cuerpo con su sangre.
Él es quien cubrió de confusión a la muerte y sumió en llanto al diablo, como Moisés al faraón. Él es quien golpeó la iniquidad y la injusticia, como Moisés condenó a la esterilidad a Egipto.
Él es quien nos sacó de la esclavitud a la libertad, de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida, de la tiranía al reino eterno. Hizo de nosotros un sacerdocio nuevo y un pueblo elegido para siempre. Él es la Pascua de nuestra salvación.
Él es quien asumió sobre sí los sufrimientos de todos. Él es quien fue muerto en Abel, y en Isaac fue atado a los pies. Peregrinó en Jacob, y en José fue vendido. Fue expuesto sobre las aguas en Moisés, y en el cordero fue degollado.
Fue perseguido en David y en los profetas fue deshonrado.
Él es quien se encarnó en el seno de la Virgen, fue colgado en la cruz, fue sepultado en la tierra y, resucitando de entre los muertos, subió a las alturas de los cielos. Él es el cordero que no abre la boca, él es el cordero inmolado, él es nacido de María, cordera sin mancha. Fue tomado del rebaño, conducido al sacrificio, inmolado hacia la tarde, sepultado en la noche. En la cruz no le fue quebrado hueso y bajo tierra no fue sujeto a la corrupción.
Él resucitó de entre los muertos y resucitó a la humanidad desde lo profundo del sepulcro.
De la «Homilía sobre la Pascua» de Melitón de Sardes, obispo