La oración es un sacrificio espiritual, que ha abolido los antiguos sacrificios. «¿Qué me importan», dice, «vuestros sacrificios sin número? Estoy harto de holocaustos de carneros y de la grasa de novillos; la sangre de toros y de corderos y de machos cabríos no la acepto» (Is 1, 11). ¿Quién os ha pedido estas cosas? (cf. Is 1, 12).
Lo que el Señor exige, lo enseña el evangelio: «Ha llegado la hora, y es esta, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad; porque el Padre busca tales adoradores. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben adorarlo en espíritu y verdad» (Jn 4, 23-24).
Nosotros somos los verdaderos adoradores y los verdaderos sacerdotes que, orando en espíritu, en espíritu ofrecemos el sacrificio de la oración, hostia apropiada y agradable a Dios, hostia que él exigió y se procuró.
Esta víctima, dedicada con todo el corazón, nutrida por la fe, custodiada por la verdad, íntegra por la inocencia, pura por la castidad, coronada por la caridad, debemos llevarla al altar de Dios con el decoro de las buenas obras entre salmos e himnos, y ella nos impetrará todo de Dios.
¿Qué negará, en efecto, Dios a la oración que procede del espíritu y de la verdad, él que así la ha querido? ¡Cuántas pruebas de su eficacia leemos, oímos y creemos!
La antigua oración libraba del fuego, de las fieras y del hambre, y sin embargo no había recibido la forma de Cristo.
¡Cuánto más amplio es el campo de acción de la oración cristiana! La oración cristiana no llamará quizás al ángel del rocío en medio del fuego, no cerrará las fauces a los leones, no llevará el almuerzo del labrador al hambriento, no dará el don de inmunizarse del dolor, pero ciertamente da la virtud de la firme y paciente soportación a quien sufre, potencia las capacidades del alma con la fe en la recompensa, muestra el gran valor del dolor aceptado en el nombre de Dios.
Se oye contar que en la antigüedad la oración infligía golpes, derrotaba ejércitos enemigos, impedía el beneficio de la lluvia a los enemigos. Ahora en cambio se sabe que la oración aleja toda ira de la justicia divina, está solícita de los enemigos, suplica por los perseguidores. Ha podido arrancar las aguas al cielo, e impetrar también el fuego. Solo la oración vence a Dios. Pero Cristo no quiso que fuera causa de mal y le confirió todo poder de bien.
Por eso su única tarea es llamar a las almas de los difuntos del mismo camino de la muerte, sostener a los débiles, curar a los enfermos, liberar a los endemoniados, abrir las puertas de la cárcel, desatar las cadenas de los inocentes. Ella lava los pecados, rechaza las tentaciones, apaga las persecuciones, consuela a los pusilánimes, anima a los generosos, guía a los peregrinos, calma las tormentas, detiene a los malhechores, sustenta a los pobres, ablanda el corazón de los ricos, levanta a los caídos, sostiene a los débiles, apoya a los fuertes.
Oran también los ángeles, ora toda criatura. Los animales domésticos y feroces oran y doblan las rodillas y, saliendo de los establos o de las madrigueras, miran al cielo no con fauces cerradas, sino haciendo vibrar el aire con gritos de la manera que a ellos es propia. También las aves cuando se despiertan, se levantan hacia el cielo, y en lugar de las manos abren las alas en forma de cruz y cantan algo que puede parecer una oración.
Pero hay un hecho que demuestra más que cualquier otro el deber de la oración. He aquí: que el mismo Señor ha orado.
A él sea honor y poder por los siglos de los siglos. Amén.
Del tratado «La oración» de Tertuliano, sacerdote
Lo que el Señor exige, lo enseña el evangelio: «Ha llegado la hora, y es esta, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad; porque el Padre busca tales adoradores. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben adorarlo en espíritu y verdad» (Jn 4, 23-24).
Nosotros somos los verdaderos adoradores y los verdaderos sacerdotes que, orando en espíritu, en espíritu ofrecemos el sacrificio de la oración, hostia apropiada y agradable a Dios, hostia que él exigió y se procuró.
Esta víctima, dedicada con todo el corazón, nutrida por la fe, custodiada por la verdad, íntegra por la inocencia, pura por la castidad, coronada por la caridad, debemos llevarla al altar de Dios con el decoro de las buenas obras entre salmos e himnos, y ella nos impetrará todo de Dios.
¿Qué negará, en efecto, Dios a la oración que procede del espíritu y de la verdad, él que así la ha querido? ¡Cuántas pruebas de su eficacia leemos, oímos y creemos!
La antigua oración libraba del fuego, de las fieras y del hambre, y sin embargo no había recibido la forma de Cristo.
¡Cuánto más amplio es el campo de acción de la oración cristiana! La oración cristiana no llamará quizás al ángel del rocío en medio del fuego, no cerrará las fauces a los leones, no llevará el almuerzo del labrador al hambriento, no dará el don de inmunizarse del dolor, pero ciertamente da la virtud de la firme y paciente soportación a quien sufre, potencia las capacidades del alma con la fe en la recompensa, muestra el gran valor del dolor aceptado en el nombre de Dios.
Se oye contar que en la antigüedad la oración infligía golpes, derrotaba ejércitos enemigos, impedía el beneficio de la lluvia a los enemigos. Ahora en cambio se sabe que la oración aleja toda ira de la justicia divina, está solícita de los enemigos, suplica por los perseguidores. Ha podido arrancar las aguas al cielo, e impetrar también el fuego. Solo la oración vence a Dios. Pero Cristo no quiso que fuera causa de mal y le confirió todo poder de bien.
Por eso su única tarea es llamar a las almas de los difuntos del mismo camino de la muerte, sostener a los débiles, curar a los enfermos, liberar a los endemoniados, abrir las puertas de la cárcel, desatar las cadenas de los inocentes. Ella lava los pecados, rechaza las tentaciones, apaga las persecuciones, consuela a los pusilánimes, anima a los generosos, guía a los peregrinos, calma las tormentas, detiene a los malhechores, sustenta a los pobres, ablanda el corazón de los ricos, levanta a los caídos, sostiene a los débiles, apoya a los fuertes.
Oran también los ángeles, ora toda criatura. Los animales domésticos y feroces oran y doblan las rodillas y, saliendo de los establos o de las madrigueras, miran al cielo no con fauces cerradas, sino haciendo vibrar el aire con gritos de la manera que a ellos es propia. También las aves cuando se despiertan, se levantan hacia el cielo, y en lugar de las manos abren las alas en forma de cruz y cantan algo que puede parecer una oración.
Pero hay un hecho que demuestra más que cualquier otro el deber de la oración. He aquí: que el mismo Señor ha orado.
A él sea honor y poder por los siglos de los siglos. Amén.
Del tratado «La oración» de Tertuliano, sacerdote