I Judíos vieron milagros. También tú verás otros mayores y más célebres que los que ellos vieron a la salida de Egipto. Tú no viste al faraón sumergido con su ejército, pero viste al diablo hundirse con sus huestes. Los judíos cruzaron el mar, tú has superado la muerte. Ellos fueron liberados de los egipcios, tú de los demonios. Ellos dejaron una esclavitud bárbara, tú la esclavitud mucho más triste del pecado.
Observa cómo has sido favorecido con dones más grandes. Los judíos no pudieron entonces contemplar el rostro resplandeciente de Moisés, aunque fuera hebreo y esclavo como ellos. Tú, en cambio, has visto el rostro de Cristo en su gloria. También Pablo exclama: Nosotros, a rostro descubierto, contemplamos la gloria del Señor (cf. 2 Cor 3, 18). Los judíos eran seguidos por Cristo, ahora en cambio él nos sigue de manera más verdadera.
Ellos, después de Egipto, encontraron el desierto, mientras tú, después de la muerte, encontrarás el cielo. Ellos tenían como guía y jefe a Moisés, nosotros en cambio a otro Moisés, el mismo Dios que nos guía y manda.
¿Cuál fue la característica del primer Moisés? Moisés, dice la Escritura, era el hombre más manso de la tierra (cf. Nm 12, 3). Esta característica podemos sin duda atribuirla a nuestro Moisés, que era asistido por el dulcísimo y a él consustancial Espíritu. Moisés alzaba las manos al cielo haciendo descender la maná, pan de los ángeles. Nuestro Moisés alza las manos al cielo y nos procura un alimento eterno. El primero golpeó la piedra, haciendo brotar torrentes de agua. Este toca la mesa, golpea la mesa mística y hace brotar las fuentes del Espíritu. He aquí la razón por la cual la mesa está colocada en el centro, como una fuente, para que los rebaños acudan a ella de todas partes y se sacien de sus aguas saludables.
Poseyendo, por tanto, una fuente semejante, una fuente de vida tan grande, una mesa tan cargada de bienes y tan abundante en favores espirituales, acerquémonos con corazón sincero y conciencia pura para obtener gracia y perdón en el tiempo oportuno.
Por la gracia y la misericordia del Hijo unigénito de Dios, el Señor y Salvador nuestro Jesucristo, por medio del cual al Padre y al Espíritu Santo sea gloria, honor, poder ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.

De las «Catequesis» de san Juan Crisóstomo, obispo