La Santa Casa de Loreto no es solo una «reliquia», sino también una preciosa «icono» concreta. Es «icono» no de verdades abstractas, sino de un acontecimiento y de un misterio: la Encarnación del Verbo. La Encarnación, que se recuerda dentro de estas sagradas paredes, recupera de golpe su genuino significado bíblico; no se trata de una mera doctrina sobre la unión entre lo divino y lo humano, sino, más bien, de un acontecimiento ocurrido en un punto preciso del tiempo y del espacio, como ponen maravillosamente de manifiesto las palabras del Apóstol: «Cuando llegó la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer» (Gal 4, 4). María es la Mujer, es, por así decirlo, el «espacio» físico y espiritual a la vez, en el que ha tenido lugar la Encarnación. Pero también la Casa en la que ella vivió constituye un recuerdo casi plástico de tal concreción. El recuerdo de la vida oculta de Nazaret evoca cuestiones sumamente concretas y cercanas a la experiencia de todo hombre y de toda mujer. Despierta el sentido de la santidad de la familia, presentando de golpe todo un mundo de valores, hoy tan amenazados, como la fidelidad, el respeto a la vida, la educación de los hijos, la oración, que las familias cristianas pueden redescubrir dentro de las paredes de la Santa Casa, primera y ejemplar «iglesia doméstica» de la historia. La Santa Casa recuerda, al mismo tiempo, también la grandeza de la vocación a la vida consagrada y a la virginidad por el Reino, la cual tuvo aquí su gloriosa inauguración en la persona de María, Virgen y Madre. A los jóvenes, luego, que innumerables peregrinan a la Casa de la Madre, me gustaría repetir las palabras que les dirigí en otra ocasión: «Caminad hacia María, caminad con María... Haced resonar en vuestro corazón su fiat». Que los jóvenes renueven, a la luz de las enseñanzas de la Casa de Nazaret, su compromiso en el laicado católico para devolver a Cristo a los corazones, a las familias, a la cultura y a la sociedad. El justo esfuerzo de nuestros tiempos por reconocer a la mujer el lugar que le compete en la Iglesia y en la sociedad encuentra también aquí una ocasión sumamente adecuada de profundización. Por el hecho de que Dios «envió a su Hijo nacido de mujer» (Gal 4, 4), toda mujer ha sido elevada, en María, a una dignidad tal que no se puede concebir una mayor. Ninguna consideración teórica, luego, podrá jamás exaltar la dignidad del trabajo humano tanto como el simple hecho de que el Hijo de Dios trabajó en Nazaret y quiso ser llamado «hijo del carpintero» (cf. Mt 13, 55). Finalmente, ¿cómo no aludir a la «opción por los pobres» que la Iglesia hizo en el Concilio (cf. Lumen gentium, 8) y ha reafirmado cada vez más claramente después? Las austéritas y humildes paredes de la Santa Casa nos recuerdan visualmente que es Dios mismo quien ha inaugurado esta opción en María, la cual, como dice un hermoso texto conciliar, «destaca entre los humildes y los pobres del Señor, que con confianza esperan y reciben de él la salvación» (ibíd., 20). Siempre en relación con este tema de la pobreza y del sufrimiento, un lugar privilegiado han ocupado en la historia del Santuario los enfermos, que fueron entre los primeros a acudir como peregrinos a la Santa Casa y a difundir su fama entre los pueblos. ¿Dónde podrían ellos, por lo demás, ser acogidos mejor, si no en la casa de Aquella a quien precisamente las «lágrimas lauretanas» nos hacen invocar como «salud de los enfermos» y «consoladora de los afligidos»?
«Que este Santuario de Loreto –como llegó a decir Juan XXIII– sea siempre como una ventana abierta al mundo, a modo de llamada de voces arcanas, que anuncian la santificación de las almas, de las familias, de los pueblos».

De la Carta de San Juan Pablo II para el VII centenario del santuario de la Santa Casa de Loreto