La pasión de nuestro Señor y Salvador Jesucristo es prenda segura de gloria y, al mismo tiempo, enseñanza de paciencia.
¡Qué no deben esperar los corazones de los fieles de la gracia de Dios! En efecto, al Hijo unigénito de Dios, coeterno al Padre, pareció poco nacer hombre de los hombres, y quiso llegar hasta el punto de morir como hombre, y precisamente por mano de aquellos hombres que él mismo había creado.
Gran cosa es lo que el Señor nos promete para el futuro, pero mucho mayor es lo que celebramos recordando lo que ya ha sido cumplido por nosotros. ¿Dónde estaban y qué eran los hombres cuando Cristo murió por los pecadores? ¿Cómo se puede dudar de que él dará a sus fieles su vida, cuando por ellos no dudó en dar también su muerte? ¿Por qué los hombres se resisten a creer que un día vivirán con Dios, cuando ya se ha verificado un hecho mucho más increíble, el de un Dios muerto por los hombres?
¿Quién es, en efecto, Cristo? Es aquel del cual se dice: «En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios» (Jn 1, 1). Y bien, este Verbo de Dios «se hizo carne y acampó entre nosotros» (Jn 1, 14). Él no tenía en sí mismo nada por lo que pudiera morir por nosotros, si no hubiera tomado de nosotros una carne mortal. De este modo, él, inmortal, pudo morir, queriendo dar la vida a los mortales. Hizo partícipes de su vida a aquellos con quienes había compartido la muerte. En efecto, nosotros no teníamos de nuestro nada de lo que obtener la vida, como él no tenía nada de lo que recibir la muerte. De ahí el asombroso intercambio: hizo suya nuestra muerte y nuestra su vida. Por tanto, no es vergüenza, sino confianza ilimitada y gloria inmensa en la muerte de Cristo.
Se hizo cargo de la muerte que encontró en nosotros y así aseguró la vida que de nosotros no puede venir. Lo que nosotros, pecadores, habíamos merecido por el pecado, lo pagó aquel que era sin pecado. ¿Y entonces no nos dará ahora lo que merecemos por justicia, él que es el artífice de la justificación? ¿Cómo no dará la recompensa de los santos, él, fidelidad personificada, que sin culpa soportó el castigo de los malos?
Confesamos, pues, hermanos, sin temor, antes bien proclamamos que Cristo fue crucificado por nosotros. Digámoslo, no ya con temor, sino con alegría, no con vergüenza, sino con orgullo.
El apóstol Pablo lo comprendió bien y lo hizo valer como título de gloria. Podía celebrar las más grandes y fascinantes hazañas de Cristo. Podía gloriarse recordando las excelencias de Cristo, presentándolo como creador del mundo en cuanto Dios con el Padre, y como dueño del mundo en cuanto hombre semejante a nosotros. Sin embargo, no dijo otra cosa que esto: «En cuanto a mí, no tenga yo otro motivo de jactanza que la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (Gal 6, 14).

De los «Discursos» de san Agustín, obispo