È venuto el Señor, maestro de caridad, lleno él mismo de caridad, a recapitular la palabra en la tierra (cf. Rm 9, 28), como de él fue predicho, y ha mostrado que la Ley y los Profetas se fundan en los dos preceptos del amor. Recordemos juntos, hermanos, cuáles son estos dos preceptos. Deben seros bien conocidos y no solo venirnos a la mente cuando nos los recordamos: no deben borrarse jamás de vuestros corazones. Siempre en cada instante tengáis presente que hay que amar a Dios y al prójimo: a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente; y al prójimo como a uno mismo (cf. Mt 22, 37. 39). Esto debéis siempre pensar, meditar y recordar, practicar y poner en obra. El amor de Dios es el primero como mandamiento, pero el amor del prójimo es el primero como ejecución práctica. Aquel que te da el mandamiento del amor en estos dos preceptos no te enseña primero el amor del prójimo, y luego el de Dios, sino al revés.
Pero como a Dios aún no lo ves, amando al prójimo te adquieres el mérito de verlo; amando al prójimo purificas el ojo para poder ver a Dios, como afirma claramente Juan: Si no amas al hermano que ves, ¿cómo podrás amar a Dios que no ves? (cf. 1 Jn 4, 20). Si, oyéndote exhortar a amar a Dios, me dijeras: Muéstrame a aquel a quien debo amar, yo no podría sino responderte con Juan: Nadie ha visto jamás a Dios (cf. Jn 1, 18). Pero para que no te creas totalmente excluido de la posibilidad de ver a Dios, el mismo Juan dice: «Dios es amor; quien permanece en el amor permanece en Dios» (1 Jn 4, 16). Tú, pues, ama al prójimo y mirando dentro de ti de dónde nace este amor, verás, en cuanto te es posible, a Dios.
Comienza, pues, a amar al prójimo. Parte tu pan con el que tiene hambre, introduce en casa a los miserables sin techo, viste al que ves desnudo, y no desprecies a los de tu estirpe (cf. Is 58, 7). Haciendo esto, ¿qué obtendrás? «Entonces tu luz amanecerá como el alba» (Is 58, 8). Tu luz es tu Dios, él es para ti la luz matutina, porque vendrá después de la noche de este mundo: él no sale ni se pone, resplandece siempre.
Amando al prójimo y cuidando de él, tú caminas. Y ¿a dónde te conduce el camino, sino al Señor, a aquel a quien debemos amar con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente? Al Señor aún no hemos llegado, pero al prójimo siempre lo tenemos con nosotros. Ayuda, pues, al prójimo con el que caminas, para poder llegar a aquel con el que deseas permanecer.
De los «Tratados sobre Juan» de san Agustín, obispo
Pero como a Dios aún no lo ves, amando al prójimo te adquieres el mérito de verlo; amando al prójimo purificas el ojo para poder ver a Dios, como afirma claramente Juan: Si no amas al hermano que ves, ¿cómo podrás amar a Dios que no ves? (cf. 1 Jn 4, 20). Si, oyéndote exhortar a amar a Dios, me dijeras: Muéstrame a aquel a quien debo amar, yo no podría sino responderte con Juan: Nadie ha visto jamás a Dios (cf. Jn 1, 18). Pero para que no te creas totalmente excluido de la posibilidad de ver a Dios, el mismo Juan dice: «Dios es amor; quien permanece en el amor permanece en Dios» (1 Jn 4, 16). Tú, pues, ama al prójimo y mirando dentro de ti de dónde nace este amor, verás, en cuanto te es posible, a Dios.
Comienza, pues, a amar al prójimo. Parte tu pan con el que tiene hambre, introduce en casa a los miserables sin techo, viste al que ves desnudo, y no desprecies a los de tu estirpe (cf. Is 58, 7). Haciendo esto, ¿qué obtendrás? «Entonces tu luz amanecerá como el alba» (Is 58, 8). Tu luz es tu Dios, él es para ti la luz matutina, porque vendrá después de la noche de este mundo: él no sale ni se pone, resplandece siempre.
Amando al prójimo y cuidando de él, tú caminas. Y ¿a dónde te conduce el camino, sino al Señor, a aquel a quien debemos amar con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente? Al Señor aún no hemos llegado, pero al prójimo siempre lo tenemos con nosotros. Ayuda, pues, al prójimo con el que caminas, para poder llegar a aquel con el que deseas permanecer.
De los «Tratados sobre Juan» de san Agustín, obispo