Escojamos, hermanos, la invitación con la que la propia Vida, que es fuente no solo de agua viva, sino también fuente de vida eterna y de luz, nos llama a sí misma. De él, en efecto, proceden la sabiduría, la vida y la luz eterna. El autor de la vida es fuente de la vida, el creador de la luz, la misma fuente de la luz. No nos preocupemos por las cosas que nos rodean, sino que dirijamos la mirada hacia lo alto, hacia la fuente de la luz, de la vida y del agua viva. Hagamos como los peces que emergen en el mar atraídos por la fuente luminosa. Elevémonos para beber de la fuente de agua viva que brota para la vida eterna (cf. Jn 4, 14).
¡Oh, si tú, Dios misericordioso y Señor piadoso, te dignaras llamarme a esta fuente, para que también yo, junto con todos los que tienen sed de ti, pudiera beber del agua viva que manana de ti, fuente viva! Pudiéramos embriagarnos de tu inefable dulzura sin separarnos jamás de ti, hasta decir: ¡Cuán dulce es la fuente del agua viva; su agua que brota para la vida eterna no se agota jamás!
Señor, tú mismo eres esta fuente eternamente deseable, de la cual debemos saciarnos continuamente y de la cual siempre tendremos sed. Danos siempre, Cristo Señor, este agua para que también en nosotros se convierta en fuente de agua viva que brote para la vida eterna.
Pido ciertamente una gran cosa; ¿quién no lo sabe? Pero tú, rey de la gloria, sabes dar cosas grandes y cosas grandes has prometido. Nada es más grande que tú: pero tú te has dado a nosotros y te has inmolado por nosotros.
Por esto te rogamos que nos hagas conocer aquello que amamos, ya que nada buscamos tener fuera de ti. Tú eres todo para nosotros: nuestra vida, nuestra luz, nuestra salvación, nuestro alimento, nuestra bebida, nuestro Dios. Te ruego, Jesús nuestro, de inspirar nuestros corazones con el soplo de tu Espíritu y de traspasar con tu amor nuestras almas para que cada uno de nosotros pueda decir con toda verdad: Hazme conocer a aquel a quien mi alma ama (cf. Ct 1, 6); pues estoy herido por tu amor.
Deseo que esas heridas queden impresas en mí, Señor. ¡Bienaventurada el alma traspasada por la caridad! Ella buscará la fuente, beberá de ella. Bebiendo, tendrá siempre sed. Saciándose, deseará con ardor a aquel de quien siempre tiene sed, aunque beba continuamente. De este modo, para el alma, el amor es sed que busca con anhelo, es herida que sana. Que el Dios y Señor nuestro Jesucristo, médico piadoso, se digne herir con esta saludable herida el interior de mi alma, él que con el Padre y el Espíritu Santo es un solo Dios por los siglos de los siglos. Amén

San Columbano, abad