David confesó: «Confieso mi falta» (Sal 50, 5). Si yo confieso, tú pues perdona. No presumamos en absoluto de ser perfectos y de que nuestra vida esté sin pecado. Sea dada a la conducta aquella alabanza que no olvide la necesidad del perdón. Los hombres desprovistos de esperanza, cuanto menos cuidan de sus propios pecados, tanto más se ocupan de los ajenos. En efecto, no buscan qué corregir, sino qué censurar. Y como no pueden excusarse a sí mismos, están prontos a acusar a los demás. No es esta la manera de orar e implorar perdón a Dios, enseñada por el salmista, cuando exclamó: «Confieso mi falta, mi pecado está siempre delante de mí» (Sal 50, 5). Él no se ocupaba de los pecados ajenos. Citaba a sí mismo, no mostraba ternura consigo mismo, sino que cavaba y penetraba cada vez más profundamente en sí mismo. No se mostraba indulgente consigo mismo, y por tanto oraba sí para que le fuera perdonado, pero sin presunción.      
¿Quieres reconciliarte con Dios? Comprende lo que haces contigo mismo, para que Dios se reconcilie contigo. Presta atención a lo que se lee en el mismo salmo: «No quieres sacrificio, y si ofrezco holocaustos, no los aceptas» (Sal 50, 18). ¿Pues quedarás sin sacrificio? ¿No tendrás nada que ofrecer? ¿Con ninguna ofrenda podrás aplacar a Dios? ¿Qué has dicho? «No quieres sacrificio, y si ofrezco holocaustos, no los aceptas» (Sal 50, 18). Continúa, escucha y ora: «Un espíritu contrito es sacrificio a Dios, un corazón quebrantado y humillado, Dios, no lo desprecias» (Sal 50, 19). Después de haber rechazado lo que ofrecías, has encontrado qué ofrecer. En efecto, entre los antiguos ofrecías víctimas del rebaño y eran denominadas sacrificios. «No quieres sacrificio»: no aceptas ya aquellos sacrificios pasados, pero buscas un sacrificio.
Dice el salmista: «Si ofrezco holocaustos, no los aceptas». Por tanto, dado que no quieres los holocaustos, ¿quedarás sin sacrificio? No sea así. «Un espíritu contrito es sacrificio a Dios, un corazón quebrantado y humillado, Dios, no lo desprecias» (Sal 50, 19). Tienes la materia para sacrificar. No vayas en busca del rebaño, no prepares embarcaciones para ir a las regiones más lejanas de donde traer perfumes. Busca en tu corazón lo que es agradable a Dios. Es necesario quebrar menudamente el corazón. ¿Temes que perezca porque está hecho pedazos? En la boca del salmista encuentras esta expresión: «Crea en mí, oh Dios, un corazón puro» (Sal 50, 12). Por tanto, debe ser destruido el corazón impuro, para que sea creado el puro.         
Cuando pecamos debemos sentir pesar de nosotros mismos, porque los pecados desagradan a Dios. Y puesto que constatamos que no estamos sin pecado, al menos en esto busquemos ser semejantes a Dios: en sentirnos pesar de lo que desagrada a Dios. De cierto modo estás unido a la voluntad de Dios, ya que te desagrada lo que tu Creador aborrece.

San Agustín, obispo