Mantengamos siempre vivo el deseo de la vida bienaventurada, que nos viene del Señor Dios, y no dejemos nunca de orar. Pero, para este fin, es necesario que establezcamos ciertos tiempos fijos para recordar a nuestra mente el deber de la oración, apartándola de otras ocupaciones o asuntos, que de algún modo enfrían nuestro deseo, y excitándonos con las palabras de la oración a concentrarnos en lo que deseamos. Haciendo así, evitaremos que el deseo, tendente a enfriarse, se enfríe del todo o se extinga por falta de un frecuente estímulo.
La recomendación del Apóstol: «En toda necesidad exponed a Dios vuestras peticiones» (Flp 4, 6) no debe entenderse en el sentido de que debemos ponerlas en conocimiento de Dios. Él, en efecto, las conocía ya antes de que fueran formuladas. Deben, más bien, hacerse más vivas en el ámbito de nuestra conciencia. Ellas, luego, deben apoyarse en una actitud de confiante espera ante Dios, más que en aspirar a una manifestación publicitaria ante los hombres.
Estando así las cosas, no es cierto que sea malo o inútil orar largamente, cuando se está libre, es decir, cuando no se está impedido por el deber de ocupaciones buenas o necesarias. Pero también en este caso, como he dicho, se debe siempre orar con ese deseo. En efecto, orar largamente no es, como algunos creen, lo mismo que orar con muchas palabras. Otra cosa es un largo discurso, otra un estado de ánimo prolongado. Consideremos cómo del mismo Señor está escrito que pasaba las noches en oración, y que en el huerto oró largamente. Y en esto, ¿qué otra cosa pretendía, sino darnos el ejemplo, él que en el tiempo es el intercesor propicio, mientras que en la eternidad es, junto con el Padre, el que nos exauce?
Sabemos que los ermitaños de Egipto hacen oraciones frecuentes, pero todas brevísimas. Son como rápidos mensajes que parten en dirección de Dios. Así la atención del espíritu, tan necesaria a quien ora, permanece siempre despierta y ferviente y no se adormece por la duración excesiva de la oración. Y en esto muestran también bastante claramente que no se debe querer insistir en un prolongado esfuerzo de concentración, cuando se ve que no puede durar más de un cierto tiempo, y por otra parte no se debe interrumpir a la ligera o bruscamente la oración, cuando se ve que la presencia vigilante de la mente puede continuar.
Lejos, pues, de la oración toda verbosidad, pero no se deje la súplica insistente, si perdura el fervor y la atención. El servirse de muchas palabras en la oración equivale a tratar una cosa necesaria con palabras superfluas.
Orar consiste en golpear la puerta de Dios e invocarlo con insistente y devoto ardor del corazón.
El deber de la oración se cumple mejor con los gemidos que con las palabras, más con las lágrimas que con los discursos. Dios, en efecto, «pone delante de su rostro nuestras lágrimas» (Sal 55, 9 vulg.), y nuestro gemido no permanece oculto (cf. Sal 37, 10) a él que todo ha creado por medio de su Verbo, y no busca las palabras de los hombres.
De la «Carta a Proba» de san Agustín, obispo
Estando así las cosas, no es cierto que sea malo o inútil orar largamente, cuando se está libre, es decir, cuando no se está impedido por el deber de ocupaciones buenas o necesarias. Pero también en este caso, como he dicho, se debe siempre orar con ese deseo. En efecto, orar largamente no es, como algunos creen, lo mismo que orar con muchas palabras. Otra cosa es un largo discurso, otra un estado de ánimo prolongado. Consideremos cómo del mismo Señor está escrito que pasaba las noches en oración, y que en el huerto oró largamente. Y en esto, ¿qué otra cosa pretendía, sino darnos el ejemplo, él que en el tiempo es el intercesor propicio, mientras que en la eternidad es, junto con el Padre, el que nos exauce?
Sabemos que los ermitaños de Egipto hacen oraciones frecuentes, pero todas brevísimas. Son como rápidos mensajes que parten en dirección de Dios. Así la atención del espíritu, tan necesaria a quien ora, permanece siempre despierta y ferviente y no se adormece por la duración excesiva de la oración. Y en esto muestran también bastante claramente que no se debe querer insistir en un prolongado esfuerzo de concentración, cuando se ve que no puede durar más de un cierto tiempo, y por otra parte no se debe interrumpir a la ligera o bruscamente la oración, cuando se ve que la presencia vigilante de la mente puede continuar.
Lejos, pues, de la oración toda verbosidad, pero no se deje la súplica insistente, si perdura el fervor y la atención. El servirse de muchas palabras en la oración equivale a tratar una cosa necesaria con palabras superfluas.
Orar consiste en golpear la puerta de Dios e invocarlo con insistente y devoto ardor del corazón.
El deber de la oración se cumple mejor con los gemidos que con las palabras, más con las lágrimas que con los discursos. Dios, en efecto, «pone delante de su rostro nuestras lágrimas» (Sal 55, 9 vulg.), y nuestro gemido no permanece oculto (cf. Sal 37, 10) a él que todo ha creado por medio de su Verbo, y no busca las palabras de los hombres.
De la «Carta a Proba» de san Agustín, obispo