Dirijo mi palabra a vosotros, niños recién nacidos, niños en Cristo, nueva prole de la Iglesia, gracia del Padre, fecundidad de la Madre, piadoso retoño, nueva enjambre, flor de nuestro honor y fruto de nuestro trabajo, mi alegría y mi corona, a todos vosotros que estáis aquí firmes en el Señor.
Me dirijo a vosotros con las mismas palabras del apóstol: «Vestíos del Señor Jesucristo y no os ocupéis de la carne para satisfacer sus pasiones» (Rm 13, 14), para que os vistáis, también en la vida, de aquel de quien os habéis vestido por medio del sacramento. «Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo os habéis revestido. Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gal 3, 27-28).
En esto reside precisamente la fuerza del sacramento. Es, en efecto, el sacramento de la nueva vida, que comienza en este tiempo con la remisión de todos los pecados, y tendrá su cumplimiento en la resurrección de los muertos. En efecto, habéis sido sepultados con Cristo en la muerte por medio del bautismo, para que, como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también vosotros andéis en novedad de vida (cf. Rm 6, 4).
Andad, pues, ahora en la fe, todo el tiempo que, morando en este cuerpo mortal, sois como peregrinos lejos del Señor. Vuestro camino seguro se ha hecho aquel a quien tendéis, es decir, el mismo Cristo Jesús, que por vosotros se dignó hacerse hombre. Para los que le temen ha reservado tesoros de felicidad, que derramará copiosamente sobre los que esperan en él, cuando reciban en la realidad lo que han recibido ahora en la esperanza.
Hoy se cumple el octavo día de vuestro nacimiento, hoy encuentra en vosotros su plenitud la señal de la fe, aquella señal que entre los antiguos patriarcas se verificaba en la circuncisión, ocho días después del nacimiento al mundo. Por eso también el Señor ha sellado su día, que es el tercero después de la pasión. Pero, en el ciclo semanal, es el octavo después del séptimo, es decir, después del sábado, y el primero de la semana. Cristo, pasando su cuerpo de la mortalidad a la inmortalidad, ha marcado su día con la señal de la resurrección.
Vosotros participáis del mismo mistero no aún en la plena realidad, sino en la segura esperanza, porque tenéis una prenda segura, el Espíritu Santo. «Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad lo de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios; pensad en lo de arriba, no en lo que está en la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando se manifieste Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros os manifestaréis con él en gloria» (Col 3, 1-4).
De los «Discursos» de san Agustín, obispo
Me dirijo a vosotros con las mismas palabras del apóstol: «Vestíos del Señor Jesucristo y no os ocupéis de la carne para satisfacer sus pasiones» (Rm 13, 14), para que os vistáis, también en la vida, de aquel de quien os habéis vestido por medio del sacramento. «Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo os habéis revestido. Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gal 3, 27-28).
En esto reside precisamente la fuerza del sacramento. Es, en efecto, el sacramento de la nueva vida, que comienza en este tiempo con la remisión de todos los pecados, y tendrá su cumplimiento en la resurrección de los muertos. En efecto, habéis sido sepultados con Cristo en la muerte por medio del bautismo, para que, como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también vosotros andéis en novedad de vida (cf. Rm 6, 4).
Andad, pues, ahora en la fe, todo el tiempo que, morando en este cuerpo mortal, sois como peregrinos lejos del Señor. Vuestro camino seguro se ha hecho aquel a quien tendéis, es decir, el mismo Cristo Jesús, que por vosotros se dignó hacerse hombre. Para los que le temen ha reservado tesoros de felicidad, que derramará copiosamente sobre los que esperan en él, cuando reciban en la realidad lo que han recibido ahora en la esperanza.
Hoy se cumple el octavo día de vuestro nacimiento, hoy encuentra en vosotros su plenitud la señal de la fe, aquella señal que entre los antiguos patriarcas se verificaba en la circuncisión, ocho días después del nacimiento al mundo. Por eso también el Señor ha sellado su día, que es el tercero después de la pasión. Pero, en el ciclo semanal, es el octavo después del séptimo, es decir, después del sábado, y el primero de la semana. Cristo, pasando su cuerpo de la mortalidad a la inmortalidad, ha marcado su día con la señal de la resurrección.
Vosotros participáis del mismo mistero no aún en la plena realidad, sino en la segura esperanza, porque tenéis una prenda segura, el Espíritu Santo. «Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad lo de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios; pensad en lo de arriba, no en lo que está en la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando se manifieste Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros os manifestaréis con él en gloria» (Col 3, 1-4).
De los «Discursos» de san Agustín, obispo