El Espíritu Santo es como el agua que fluye y penetra en todas partes

«El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial de agua que brota para la vida eterna» (Jn 4, 14). Nueva especie de agua que vive y brota, pero brota solo para quien es digno de ella. ¿Por qué la gracia del Espíritu es llamada agua? Ciertamente porque todo necesita del agua. El agua es generadora de las hierbas y de los animales. El agua de la lluvia desciende del cielo. Desciende siempre de la misma manera y forma, pero produce efectos multiformes. Otro es el efecto producido en la palmera, otro en la vid y así en todas las cosas, siendo siempre de una única naturaleza y no pudiendo ser diferente de sí misma. La lluvia, en efecto, no desciende diferente, no cambia a sí misma, sino que se adapta a las necesidades de los seres que la reciben y se convierte para cada uno de ellos en ese don providencial de que necesitan.

De la misma manera también el Espíritu Santo, siendo único y de una sola forma e indivisible, distribuye a cada uno la gracia como quiere. Y como un árbol marchito, al recibir el agua, vuelve a brotar, así el alma pecadora, hecha digna del don del Espíritu Santo a través de la penitencia, lleva racimos de justicia. El Espíritu pertenece a una única sustancia; por eso, por disposición divina y por los méritos de Cristo, obra efectos múltiples.

En efecto, se sirve de la lengua de uno para la sabiduría. Ilumina la mente de otro con la profecía. A uno confiere el poder de expulsar a los demonios, a otro concede el don de interpretar las divinas Escrituras. Fortalece la templanza de este, mientras a aquel enseña la misericordia. Inspira a un fiel la práctica del ayuno, a otros formas ascéticas diferentes. Hay quien de él aprende la prudencia en las cosas temporales y quien incluso recibe de él la fuerza de aceptar el martirio. En uno el Espíritu produce un efecto, en otro produce uno diferente, permaneciendo siempre igual a sí mismo. Así se verifica lo que está escrito: «A cada uno se le da la manifestación del Espíritu para el bien común» (1 Cor 12, 7).

Amable y suave su venida, fragante y dulce su presencia, ligerísimo su yugo. Su llegada es precedida por los resplandecientes rayos de la luz y de la ciencia. Llega como hermano y protector. Viene, en efecto, a salvar, a sanar, a enseñar, a exhortar, a fortalecer y a consolar. Ante todo ilumina la mente de quien lo recibe y luego, por medio de este, también de los otros.

Y como aquel que antes se encontraba en las tinieblas, al aparecer de improviso el sol, recibe la luz en el ojo del cuerpo y lo que antes no veía, ahora lo ve claramente, así también aquel que ha sido considerado digno del don del Espíritu Santo, es iluminado en el alma y, elevado por encima del hombre, ve cosas que antes no conocía.

San Cirilo de Jerusalén, obispo