Qui no vive de la vida de Dios, no ve a Dios

La gloria de Dios da la vida; por eso, los que ven a Dios reciben la vida. Y por esto, aquel que es ininteligible, incomprensible e invisible, se hace visible, comprensible e inteligible para los hombres, para dar la vida a los que lo comprenden y ven. Es imposible vivir si no se ha recibido la vida, pero la vida no se tiene sino por la participación en el ser divino. Y tal participación consiste en ver a Dios y gozar de su bondad.

Así, pues, los hombres verán a Dios para vivir, y serán hechos inmortales y divinos por la visión de Dios. Esto, como he dicho antes, había sido revelado por los profetas en figura, de que Dios sería visto por los hombres que llevan su Espíritu y esperan siempre su venida. Así Moisés afirma en el Deuteronomio: Hoy hemos visto que Dios puede hablar con el hombre y el hombre tener la vida (cf. Dt 5, 24).
Aquel que obra todo en todos en su grandeza y poder, es invisible e indescriptible para todos los seres por él creados, pero no permanece desconocido; todos, en efecto, por medio de su Verbo, aprenden que el Padre es el único Dios, que contiene todas las cosas y da a todas la existencia, como está escrito en el evangelio: «A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, él lo ha declarado» (Jn 1, 18).
Desde el principio, pues, el Hijo es el revelador del Padre, porque desde el principio está con el Padre y ha mostrado al género humano en el tiempo más oportuno las visiones proféticas, la diversidad de los carismas, los ministerios y la glorificación del Padre según un diseño todo de orden y armonía. Y donde hay orden hay también armonía, y donde hay armonía hay también tiempo justo, y donde hay tiempo justo hay también beneficio.
Por esto el Verbo se hizo dispensador de la gracia del Padre para la utilidad de los hombres, en favor de los cuales ordenó toda la «economía» de la salvación, mostrando a Dios a los hombres y presentando al hombre a Dios. Ha salvaguardado, sin embargo, la invisibilidad del Padre, para que el hombre no desprecie a Dios y tenga siempre algo a lo que tender. Al mismo tiempo ha hecho visible a Dios a los hombres con muchas intervenciones providenciales, para que el hombre no fuera privado completamente de Dios, y cayera así en su nada, porque el hombre viviente es gloria de Dios y la vida del hombre es la visión de Dios. Si en efecto la revelación de Dios a través de la creación da la vida a todos los seres que se encuentran en la tierra, mucho más la revelación del Padre que acontece a través del Verbo es causa de vida para los que ven a Dios.

Santo Ireneo