De un corazón traspasado por la lanza brota la vida para toda la humanidad
Considera también tú, oh hombre redimido, quién es, cuán grande y de qué naturaleza es Aquel que pende de la cruz por ti. Su muerte da vida a los muertos, a su tránsito lloran cielo y tierra, las duras piedras se parten.
Además, para que desde el costado de Cristo muerto en la cruz se formara la Iglesia y se cumpliera la Escritura que dice: «Mirarán al que traspasaron» (Jn 19, 37), por divina disposición fue permitido que un soldado traspasara y abriera aquel sagrado costado. De él salió sangre y agua, precio de nuestra salvación. El manar de una fuente semejante, es decir, del secreto del corazón, da a los sacramentos de la Iglesia la capacidad de conferir la vida eterna y es, para los que ya viven en Cristo, bebida de fuente viva «que brota para vida eterna» (Jn 4, 14).
Levántate, pues, oh alma amiga de Cristo. Sé como paloma «que pone su nido en las paredes de un barranco profundo» (Jer 48, 28). Como «la golondrina que ha hallado su morada» (Sal 83, 4), no ceses de velar en este santuario. Ahí, como tórtola, esconde a tus crías, nacidas de un casto amor. Ahí acerca la boca para beber las aguas de las fuentes del Salvador (cf. Is 12, 3). De aquí, en efecto, brota la fuente que desciende del centro del paraíso, la cual, dividida en cuatro ríos (cf. Gn 2, 10) y, finalmente, difundida en los corazones que arden de amor, fecunda e irriga toda la tierra.
Corre a esta fuente de vida y de luz con vivo deseo, cualquiera que seas, oh alma consagrada a Dios, y con la íntima fuerza del corazón clama a él: «Oh inefable belleza del Dios excelso, oh purísimo esplendor de luz eterna! Tú eres vida que vivifica toda vida, luz que ilumina toda luz y que conserva en el eterno esplendor los multiformes luminarios que brillan delante del trono de tu divinidad desde la primera aurora.
Oh eterno e inaccesible, espléndido y dulce fluir de fuente oculta a los ojos de todos los mortales! Tu profundidad es sin fin, tu altura sin término, tu amplitud es infinita, tu pureza imperturbable!
De ti brota el río «que alegra la ciudad de Dios» (Sal 45, 5), para que «en medio de los cantos de una multitud en fiesta» (Sal 41, 5) podamos cantar cánticos de alabanza, demostrando con el testimonio de la experiencia, que «en ti está la fuente de la vida y a tu luz vemos la luz» (Sal 35, 10).
San Buenaventura, obispo