Los verdaderos amigos se prueban en la aflicción
Quel nobilísimo entre los jóvenes, Jonatán, sin hacer caso del blasón real, ni de la sucesión al trono, estrechó amistad con David y, poniendo en el mismo plano del amor al siervo y a su soberano, le prefirió a sí mismo, desterrado por su padre, prófugo en el desierto, condenado a muerte, destinado a ser degollado, hasta tal punto que, humillándose a sí mismo y exaltando al otro, le dijo: «Tú serás rey y yo seré segundo después de ti» (1Sam 23,17).
¡Oh gran y sublime espejo de la verdadera amistad! ¡Maravillosa cosa! El rey estaba furioso contra el siervo y le excitaba contra él, como a un rival del reino, a toda la nación. Acusando a los sacerdotes de traición, los hace matar por una sola sospecha. Se recorre los bosques, se adentra en los valles, cruerta montañas y precipicios con bandas armadas. Todos prometen ser vengadores de la indignación del rey. Solo Jonatán, que único habría podido, con mayor derecho, llevarle envidia, consideró que debía oponerse al rey, favorecer al amigo, darle consejo entre tantas adversidades y, prefiriendo la amistad al reino, dice: «Tú serás rey y yo seré segundo después de ti».
Y observa cómo el padre del joven excitaba su celosía contra el amigo, insistiendo con invectivas, asustándole con las amenazas de despojarle del reino, recordándole que sería privado del honor.
Habiendo, en efecto, aquel pronunciado la sentencia de muerte contra David, Jonatán no abandonó al amigo. «¿Por qué ha de morir David? ¿Qué ha cometido, qué ha hecho? Él puso en peligro su vida y derribó al filisteo y tú te alegraste. ¿Por qué, pues, ha de morir?» (1Sam 20,32; 19,3). A estas palabras el rey, montado en furia, buscó atravesar a Jonatán en la pared con la lanza y, añadiendo invectivas y amenazas, le hizo este ultraje: Hijo de una mujer de mala vida. Yo sé que lo amas para tu deshonra y vergüenza de tu madre deshonrada (cfr. 1Sam 20,30). Luego vomitó todo su veneno sobre el rostro del joven, pero no descuidó las palabras de incitación a su ambición, para fomentar su envidia y para suscitar su celosía y su amargura. Mientras viva el hijo de Isaí, dijo, tu reino no tendrá seguridad (cfr. 1Sam 20,31). ¿Quién no habría quedado conmovido ante estas palabras, quién no se habría encendido de odio? ¿No habría acaso eso corroído, disminuido y borrado cualquier amor, cualquier estima y amistad? En cambio, aquel joven muy afectuoso, manteniendo los pactos de la amistad, fuerte ante las amenazas, paciente frente a las invectivas, despreciando el reino por la fidelidad al amigo, olvidado de la gloria, pero memorioso de la estima, dijo: «Tú serás rey y yo seré segundo después de ti».
Esta es la verdadera, perfecta, firme y eterna amistad, que la envidia no corroe, la sospecha no disminuye, la ambición no logra romper. Puesta a prueba no vaciló, asediada no cayó, batida en brecha por tantos insultos permaneció inflexible, provocada por tantas injurias quedó inquebrantable. «Ve, pues, y haz tú lo mismo» (Lc 10,37).
Beato Aelredo, abad